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Necesitar de otros para arrancar. Las trampas de la dependencia emocional

Por Corina Valdano

· dependencia,emociones,autonomía

Nuestra vida dependió desde sus inicios de un “cordón” a través del cual nos alimentamos y respiramos. El llanto desgarrador que acontece al momento de parto supone la angustia de separación de aquel otro que nos nutrió. Ese corte de cordón simboliza la inauguración de un nuevo ser viviente que viene a vivir su propio destino. Dada su real vulnerabilidad, dependerá de figuras de autoridad que lo cuiden y protejan hasta que la autonomía gane su justo y merecido lugar… Crecidas las alas, ¡echamos a volar!

Este proceso natural puede devenir en dependencia emocional cuando por variadas circunstancias identificamos nuestra identidad enlazada a la necesidad de un otro que nos alimente…sobre todo afectivamente.

Cuando la presencia de un “otro” se torna condición para el disfrute y la satisfacción seguimos funcionando como atados a ese fundante cordón. Esa cuerda de carne y amor que en algún momento fue nuestra salvación hoy será lo que nos mantiene atados a los demás…Ya no mamá, serán los amigos, los hijos, familiares, hasta conocidos…pero alguien “tiene que estar” porque de a uno no nos podemos pensar. El otro se convierte en una especie de prótesis emocional para las carencias de una identidad que no puede verse entera, sino que funciona con otra “mitad”. Así todo plan incluye a otro que le dé sentido: desde ir al cine, salir a caminar, ir a desayunar a un bar hasta planificar un viaje, arreglarse y cocinar. Si es “con” un otro o es “para” otro no dudamos en actuar. Sin darnos cuenta vamos asociando “neurológica” y “psicológicamente” toda actividad placentera a la presencia ineludible de la compañía de los demás.

Es indudable que somos seres sociales y que disfrutamos el compartir…pero “preferir” no es lo mismo que “necesitar”. Cuando preferimos “elegimos”, cuando “necesitamos” dependemos. Esta dependencia tiene su raíz en la carencia y en la creencia de sentirnos mitades y no personas enteras.

Las personas dependientes emocionales no se mueven de donde están tampoco arrancan hacia ningún lugar si no tienen a alguien que les acompañe, les motive o les anime.

Gran parte del miedo a la soledad deriva de asociar todo lo bello, disfrutable, divertido y placentero al fenómeno de “lo compartido”. Cuando el otro no está o deja de estar se extraña en verdad “quienes somos cuando estamos con otros”. Al duelo por la ausencia de aquella presencia se le suman los proyectos, las actividades y los planes que percibimos como adheridos arbitrariamente a lo vincular.

Cuando el otro es una opción y ya no una “condición” comenzamos a sanar esa herida emocional de depender de los demás. La salida saludable será que empieces poco a poco a ejercitar en soledad lo que hasta entonces solo pensabas en plural. No esperes a tener visitas para cocinarte, el vino puede abrirse, la ropa puede estrenarse, también puedes mudarte e irte de viaje. Los demás pueden sumarse a una vida que ya es de por sí gratificante. Cuando aprendemos a ser nuestra mejor compañía ya no tememos a la soledad ni demandamos a los demás que nos den lo que no nos sabemos dar. La madurez emocional supone indagar modos propios de felicidad.

Cuando construimos por nosotros mismos una vida interesante, con metas y proyectos personales y tiempo ocioso reconfortante habrá otros en igual condición que resuenen con esta evolución y autorrealización. Los vínculos felices y libres, no se exigen ni se persiguen, son derivación de una sana relación que hemos construido con nuestro interior.

“Colocar la felicidad en “otros”, no es amar, es ponerlos a trabajar para lograr tu bienestar. Una vida digna supone una felicidad auto-construida, sostenida en metas y superación, y no en dependencia y reclamo hacia el exterior”.

Psicóloga Corina Valdano.

 

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