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Aprender a tenernos a nosotros mismos como aliados

Por Corina Valdano

· transpersonal,Psicología,pensamientos,hábitos saludables,ansiedad

Como seres humanos estamos llamados a atravesar por situaciones difíciles más de una vez en la vida, desde cuestiones más simples que despiertan ansiedad hasta problemas más complejos que pueden robarnos el sueño. Muchas de las situaciones que nos estresan se alimentan de una mirada o consideración incorrecta de parte nuestra. Si bien las circunstancias adversas pueden ser reales, solo se vuelven tremendas cuando la mirada sobre ellas es excesivamente dramática y exagerada.

Sentirnos solos, transitar una crisis existencial o económica, darnos cuenta que tomamos una mala decisión, estar atravesando una separación, un desamor, trabajando de lo que no soportamos más, no saber qué camino tomar… son todas situaciones sensiblemente humanas. Nadie está exento de experimentar vivencias amargas, así como todos tenemos la posibilidad de vivir situaciones que nos hacen sentir felices, como conocer a una persona especial, un nacimiento, un reconocimiento, una apuesta que nos salió bien, la certeza de una decisión, iniciar un emprendimiento que nos entusiasma.

Ambas alternativas son posibles en la vida, sentirnos a gusto y satisfechos y cada cierto tiempo apesadumbrados, preocupados o desdichados por esto o por aquello.

Nos equivocamos cuando damos por sentado y olvidamos tomar registro de los momentos de calma y felicidad y en su lugar, enfatizamos y destacamos aquellos otros en los que nos va mal o nos sentimos angustiados. Sin duda, lo que más nos daña es lo que nos decimos a nosotros mismos cuando transitamos situaciones adversas o desafortunadas que van más allá de nuestra capacidad para modificarlas, o solo en parte podemos cambiar.

Sin darnos cuenta solemos caer en actitudes y hábitos de pensamientos y comportamientos que en lugar de jugar a favor nuestro, nos tienden una trampa de la que nos cuesta mucho escapar. Nos pegamos donde más nos duele, volviéndonos victimarios de nosotros mismos. Así, extrañamente los seres humanos nos dañamos cuando más necesitamos tenernos como aliados y cobijarnos afectuosamente para no pasarla tan mal.

¿Cuáles son aquellos comportamientos que nos restan en lugar de sumar?

Solo podemos evitar caer en estos hábitos mentales y actitudinales insanos si sabemos identificarlos “en el acto” en el que se están apoderando de nuestra sensatez y lucidez.

El primer hábito perjudicial es evaluar los acontecimientos en términos extremos como todo o nada - siempre o nunca. Si algo caracteriza a la vida misma son los matices y su naturaleza permanentemente cambiante. Lo que hoy no es posible puede llegar a ser, lo que hoy duele con el tiempo y la actitud correcta no nos hará eternamente padecer. Así como nunca nos sentiremos felices todo el tiempo, no es menos real que la angustia o la tristeza también pasarán.

El pensamiento extremo todo o nada también nos lleva a concluir que lo que no se hace perfecto no se hace o está mal y eso, en muchas ocasiones, resulta tremendamente frustrante. Podemos ir ensayando, acercándonos, tratando e intentando con una intensión genuina y amorosa ser y hacer cada vez mejor, comprendiendo que nada es de la noche a la mañana ni de una vez y para siempre. Hay matices, hay grises, hay progresiones que llevan tiempo, estados deseados a los que uno de a poco se va a acercando. Una actitud rígida, exigente y perfeccionista, lejos de aportarnos, incrementa nuestra ansiedad y nos hace dudar de cada decisión que tomamos o por el contrario paraliza nuestra acción por temor a dar un mal paso.

Darnos tiempo, darnos espacio, darnos permiso para equivocarnos, para caer y levantarnos es un gesto cariñoso que tenemos que hacerlo propio.

Otro mal hábito es sentirnos el centro del universo de todas las cosas malas que acontecen en el mundo. Como si tendríamos una especie de radar para atraer lo negativo, como si la vida se hubiese ensañado con uno mismo para malograr cada paso que intentamos dar. Esta actitud narcisista y egocéntrica nos lleva a concluir que nadie excepto nosotros estamos condenados a vivir amargados. Inconscientemente, nos ponemos el mote de “especial”. Nos creemos demasiado importantes como para creer que la vida está obstinada en jugarnos una mala pasada. Lo que al otro le pasa, lo que a mí me pasa, tiene que ver con lo que hago o dejo de hacer. El costo de sentirnos “únicos” tiene un alto precio por pagar. No somos ni más ni menos, ni mejores ni peores que todos los demás seres humanos que nos rodean, y como tales nos van a pasar cosas malas y cosas buenas, no producto del azar sino de las decisiones que están en nuestras manos tomar. Victimizarse es una manera encubierta de desentenderse de todos los problemas y poner las responsabilidades fuera: no soy yo quien toma malas decisiones, es la vida que se empeña en complicarme la existencia…

No somos más dignos porque suframos más, lo que nos vuelve dignos es lo que hacemos con lo que nos ha tocado vivir.

El tercer hábito que es necesario contrarrestar es la tendencia a establecer expectativas irrealistas respecto de los resultados que podemos llegar a lograr o de quienes pretendemos llegar a ser. Si bien una actitud optimista ante la vida y la autoconfianza en uno mismo suma, como todo en la vida… si resulta exagerado entorpece mucho más de lo que ayuda. Tener aspiraciones demasiado ambiciosas es fuente de decepción y frustración. A la vez que dentro nuestro algo puede llegar a presionar para dar en la talla. Es ahí cuando dejamos de disfrutar lo que hacemos para exigirnos de más y reprocharnos si nos equivocamos o no alcanzamos el pretendido ideal.

Postergar las decisiones importantes es el cuarto comportamiento al que le tenemos que prestar atención. Cuando estamos transitando situaciones difíciles, hay decisiones que si o si tenemos que tomar. Si bien es necesario tomarnos tiempo para reflexionar qué decisiones serán las más acertadas, permanecer en la inacción y en la indecisión prolonga más de la cuenta nuestro dolor. Puede que la decisión que tengamos que tomar sea separarnos, alejarnos de quien nos está haciendo daño, cambiar de carrera, empezar una nueva, mudarnos de país, abandonar ese trabajo, poner un límite determinante. Es verdad que el tiempo ayuda pero no porque solo transcurra sino por lo que vamos elaborando y las decisiones que vamos tomando durante esos lapsos de tiempo. Tomar decisiones que nos llevan a la acción es la parte en la que sí podemos intervenir, de todo lo demás que no está a nuestro alcance.

La rumiación cognitiva constante es la actitud más inoperante y menos constructiva que podemos ejercer, esto sucede cuando nos quedamos enganchados de un elemento real o imaginario que nos produce malestar o estrés. Volver una y otra vez sobre situaciones pasadas, si no es para aprender, no sirve para nada. Y si lo hacemos para sacar una enseñanza, con una sola vez basta. Repetirnos y decirnos a nosotros mismos tendría que haber hecho, tendría que haber dicho, como no me di cuenta, ¿será que hago bien?, ¿será que hago mal? ¿habré tomado la decisión acertada? nos mantiene inmersos en un bucle sin sentido que nos llena de ansiedad y nos recuerda una y otra vez lo que hicimos mal o podríamos haber hecho distinto. Ante este atrape mental, lo recomendable es la distracción porque si estamos tragamos por la emoción, poner algo de razón no nos servirá de mucho o no la usaremos con la suficiente lucidez como para liberarnos de ese estéril e infructuoso lugar.

El resultado de nuestra vida es, en gran parte, consecuencia de los hábitos decidamos alimentar. Observar lo que está aconteciendo en nuestra mente a cada instante, prestar atención a nuestros diálogos internos, tomarnos el honorable trabajo de purificar aquellos pensamientos que nos causan dolor y sufrimiento innecesario, descomprimir lo que está tenso y liberar lo que está oprimido, es tan importante para nuestra salud como también lo es: multiplicar lo bueno, repetir lo saludable, darnos ánimo, alentar nuestras esperanzas, redimensionar nuestras circunstancias, desdramatizar lo posible, ocuparnos de lo que está a nuestro alcance, aceptar lo que no y dejarlo ir, darnos tiempo y darnos un buen trato en los malos tiempos.

Hacer lo uno y lo otro es la actitud con la que tenemos que posicionarnos si buscamos hacernos bien y no dañarnos. Es bueno saber que con la intención no alcanza, jugar a nuestros favor o patearnos en contra es una decisión con la que hemos de comprometernos a diario y recordárnoslo una y otra vez cuando perdemos de vista la importancia que tiene aprender a contar con nosotros mismos en las buena y en las malas.

Solemos preguntarnos con frecuencia como nos llevamos con los demás pero olvidamos la pregunta fundamental: ¿cómo es el vínculo que a diario mantenemos con nosotros mismos?

Te invito a repensarlo, te invito a que establezcas el más genuino y valioso vinculo de amistad con la persona que estará toda la vida a tu lado. Sos tu propia compañía y así lo será el resto de tus días.

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