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Madurez Emocional: Cómo entrenarla en la vida cotidiana

Por Corina Valdano

· Psicología,transpersonal,emociones,superación,voluntad

Sin lugar a dudas, las personas maduras emocionalmente son las que consiguen sentirse más gusto con su vida ¿Por qué? Porque sus características de personalidad les ayuda a conseguir lo que se proponen y a rodearse de personas valiosas.

Las personas emocionalmente inteligentes saben elegir lo bueno para sí. Y no tardan demasiado en retirarse de una situación o de un vínculo que han identificado que les daña o nos las ayuda a crecer.

Ser una persona emocionalmente fuerte no implica dureza de carácter ni la tendencia a imponerse sobre los demás. Por el contrario, la seguridad en sí mismos les permite abandonar la propensión a la competencia y centrar su energía en el despliegue de sí mismos. La actitud es la de la auto-superación amable y gentil. Es decir, disfrutan del proceso de mejorarse a sí mismos sin ansiar desesperadamente alcanzar el resultado.

Aprender un idioma, estudiar una carrera, aprender a tocar un instrumento musical, iniciar un curso de algo que despierta curiosidad, emprender un nuevo proyecto y sostenerlo, son actividades que llevan a cabo quienes están en proceso de maduración emocional.

Estas iniciativas requieren auto-motivación, fuerza de voluntad, perseverancia y dedicación. Características todas que se entrenan en la vida a partir de las elecciones y desafíos que decidimos emprender. Esto significa que no nacemos emocionalmente maduros, “nos hacemos” emocionalmente maduros a partir de la actitud con la que nos posicionamos en la vida.

La madurez emocional no necesariamente está asociada a la edad. Podemos ser eternos niños de traje y corbata o niñas muy bien maquilladas. Cuando nacemos somos absolutamente vulnerables emocionalmente. El equilibrio y la moderación no forman parte de nuestro repertorio. De todo queremos más. Nunca nos alcanza. Nos frustramos ante el no o ante lo primero que no nos sale como hubiésemos deseado…

¿Alguien resuena con lo anterior? Seguro más de uno admite que eso le pasa hasta el día de hoy… La buena noticia es que la madurez emocional se entrena a diario, en el gimnasio de la vida, en las decisiones que tomamos, rompiendo con los patrones habituales a los que estamos acostumbrados… Identificar si tenemos la tendencia a dejar por la mitad lo que empezamos, observar este comportamiento y hacer lo contrario, es el primer indicio de compromiso con nosotros mismos para fortalecer uno de los pilares de la madurez emocional, a mi modo de ver, la columna vertebral de donde parte todo desarrollo posterior: la fuerza de voluntad.

Fuerza de voluntad para decir que no a lo que nos daña…

Fuerza de voluntad para sostener lo bueno para sí aunque nos disguste…

Fuerza de voluntad para irnos a tiempo de vínculos enfermos…

Fuerza de voluntad para no hacer caso a todo lo que nuestra mente nos manda…

Fuerza de voluntad para postergar un placer inmediato en pos de una gratificación mayor…

Fuerza de voluntad para actuar en congruencia con nuestros principales valores…

La fuerza de voluntad es la columna vertebral de la madurez emocional. Sin voluntad nos convertimos en personas flácidas y laxas, errantes y dispersas. La voluntad nos ayuda a darle forma a la vida que vamos eligiendo, como un artesano que no abandona el cincel hasta ver su pieza terminada, así hemos de relacionarnos con cada elección que hagamos. Y si queremos algo distinto, será después de concluir lo que comenzamos y cumplir con la palabra que nos dimos. El artesano intenta una figura distinta luego de acabar la primera pieza, no la deja a la mitad. Así debemos honrar cada decisión que tomamos para no perdernos la confianza y concluir que no terminamos nada de lo que empezamos.

Esto no quiere decir aferrarse tercamente a lo que ya no elegimos. En la cultura en la que vivimos, ¡estamos bastante lejos de correr ese riesgo! Nos hemos ido al otro extremo, ante la primera incomodidad tendemos a renunciar, ante el primer desacuerdo asoma la idea de separación, ante la dificultad buscamos siempre la facilidad. Estas actitudes son obstáculos para incrementar la madurez emocional. Si la pensamos como un músculo, seremos más conscientes de que no hay fortalecimiento si no hay resistencia y vigor.

La mayoría de las habilidades y competencias humanas nacen ante la necesidad, no en zonas de comodidad que no demandan absolutamente nada de nosotros. Es que uno no se da cuenta de la fuerza que tiene hasta que no levanta la pesa. La fortaleza emocional crece en proporción a la carga que somos capaces de afrontar sin declinar. Atravesar situaciones difíciles y salir adelante con dignidad, nos vuelve personas resilientes, otra característica central de la madurez emocional.

Otra característica importante que va de la mano de la fuerza de voluntad es la capacidad para auto-controlarnos. Palabra a la equívocamente hemos asociado con represión. El auto-control es la habilidad para tramitar lo que sentimos de modo que nuestra emocionalidad no se desborde y nos lleve actuar de manera impulsiva, dañándonos a nosotros mismos o a los demás. La represión es malsana cuando es inconsciente, sin embargo darnos cuenta de algo y decidir no expresarlo o no actuarlo porque no contribuye ni suma, es ser una persona madura no castrada ni reprimida. Así que por favoooor… Basta de justificar conductas impulsivas e injurias bajo la bandera de ¡Yo no me reprimo y voy de frente! No es lo mismo ser una persona sincera que violenta. La persona sincera no se lleva todo puesto como una topadora, por el contrario, tiene la inteligencia para elegir las palabras, el momento y las circunstancias para expresar su verdad, sin creerse dueño de la razón.

El auto-control también nos permite seguir estudiando aunque no tengamos ganas, seguir un plan alimentario aunque queramos dejarlo, no ceder a abrir un atado o renunciar a encender ese cigarro, decir con firmeza está es la última copa, sostener una rutina de actividad física porque nos lo prometimos y no porque ya pagamos la cuota del gimnasio.

El auto-control no es renunciar a los propios deseos por el contrario, es tomarse más en serio lo que en verdad decimos que queremos: terminar una carrera, vernos bien, dejar de fumar o tomar de más, estar en buen estado físico. ¿Acaso esos no son deseos? Por supuesto que sí, son deseos más sólidos y sostenidos en el tiempo que requieren un compromiso con nosotros mismos. A veces confundimos verdaderos deseos con impulsos a los cuales cedemos por no saber auto-controlarnos a nosotros mismos.

Hacer lo que sentimos no siempre es equivalente a hacer lo bueno para nosotros mismos.

El sentir tiene que ir acompañado por la razón para no errar el camino. Se trata de aprender a pensar lo que sentimos y sentir lo que pensamos. En este sano equilibrio y complementariedad evoluciona la madurez emocional.

Otro rasgo importante de las personas emocionalmente maduras es la reafirmación. No buscan llamar la atención ni desesperadamente la aprobación y aceptación de los demás. Estas personas saben quiénes son, y con esto les basta y sobra. Esto no quiere decir que no consideren la opinión de los demás sino que saben diferenciar y llegan a la conclusión de que les importa la opinión de las personas que les importa, no la del vecino, la del amigo del amigo o la del pueblo que comenta. Se guían por sus propios criterios sin ser necios, saben a quién escuchar y a quién dejar pasar. Un rechazo no los tira abajo, tampoco un halago los eleva. ¿Por qué? Porque tienen los pies en la tierra. Conocen de cerca sus fortalezas y debilidades porque se auto-observan y trabajan en ellas. En lugar de mirar a los costados para ganarle al de al lado, están auto-centrados en superarse a ellos mismos.

Las personas emocionalmente inteligentes son selectivas con las personas que dejan a entrar en su vida. Reconocen que gran parte del bienestar depende de la calidad de los vínculos que tengan. Son más profundas que expansivas, prefieren la calidad a la cantidad de personas que están en sus vidas. Saben poner límites a los vínculos abusivos, conflictivos y desgastantes. Se esmeran por cultivar relaciones humanas sanas y gratificantes.

No temerle al cambio, es otra característica de una persona con confianza en sí misma. Una persona insegura, en cambio, se aferra a rutinas rígidas en busca de certidumbre y protección. Prefiere la seguridad a la vida de realización.

El deseo de explorar y cambiar acontece cuando nos sentimos capaces de afrontar situaciones desafiantes.

Por último, a alguien emocionalmente fuerte le tiene sin cuidado seguir tendencias o modas del momento. No son personas influenciables, la información que reciben la pasan por su filtro personal antes de aceptarla como válida. No siguen ni se oponen a la manada, son fieles a sus valores y respetan su estilo personal.

Seguro estarás pensando que reunir todos estos requisitos es una verdadera hazaña. ¡Estás en lo cierto! Sin embargo, esta proeza tiene que ser tu meta. Tenemos toda la vida para entrenarnos. Nada se consigue de la noche a la mañana, pero sí se alcanza la madurez emocional con un trabajo cotidiano de auto-observación y serio compromiso en fortalecernos allí donde nos sentimos más débiles y carentes.

¡Nunca dejes de ser niño! Para crear, imaginar, animarte a jugar y apreciar la vida con inocente mirada. Pero ¡sé grande de una vez! para dejar de patalear, llamar la atención de manera inapropiada y llorar como marrana cada vez que algo no te gusta o te sale mal.

Abandona la tendencia a culpar a la vida y a los demás de tus reacciones o falta de compromiso, mírate a ti mismo y ponte en marcha. Esa es la mejor manera de ponerse en pista para desarrollar la tan preciada madurez emocional.

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