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Amar Incondicionalmente no es meritorio

Por Corina Valdano

· Psicología,transpersonal,pareja,Amor Incondicional,violencia

La poesía, las canciones, el amor romántico y la espiritualidad mal comprendida hace que a veces ejerzamos prácticas que nos dañan mucho más de lo que nos ayudan a evolucionar. Me estoy refiriendo en este caso al Amor Incondicional.

Amar sin condiciones puede deteriorar nuestra autoestima y malograr nuestra dignidad. Cuando por amar de manera incondicional nos dejamos a un lado, en verdad nos olvidamos que amar es un verbo para ejercer hacia nosotros mismos en primer lugar.

Cuando inspirados en la idea de ser seres elevados comenzamos a ejercer la práctica del amor incondicional, terminamos dando de más cuando del otro lado sentimos rechazo. Acabamos diciendo que a lo queremos decir no, seguimos estando ahí a pesar de cualquier humillación, nos ofrecemos en exceso a pesar de recibir vacío e ingratitud. Les invito a que se pregunten: ¿Eso es amor hacia el prójimo o falta de amor propio?

El amor saludable se distorsiona cuando reproducimos en nuestra relaciones frases hechas tomadas de libros, sin ejercerlas con verdadera conciencia y sin pasarlas por el bendito filtro de la razón. No somos más buenos o elevados por dar de más a los demás, somos seres carentes de amor rogando migajas, comprando cariño o temiendo como niños el doloroso abandono.

Lo terrible y lo paradójico es que de esta manera terminamos disfrazando de virtud la carencia. Maquillamos la falta de autoestima con actos de generosidad nacidos de la imposibilidad de darnos a nosotros mismos un digno lugar en nuestros vínculos.

No poner condiciones en el amor es dejarnos a la deriva, es exponernos a actos de violencia, de abuso, de maltrato y de injusticias.

El amor para ser saludable deber ser un contrato en el que ambas partes se comprometen a dar su parte.

Un amor saludable, cualquiera sea el vínculo: de pareja, de amistad, de padres a hijos implica RECIPROCIDAD. Cuando damos sin condiciones quizás olvidamos preguntarnos si acaso no nos hemos quedado solos en la relación… no es lo mismo la reciprocidad que la unilateralidad. Para la existencia de cualquier vínculo se necesitan dos personas, con una sola haciendo el doble no basta. Cuando en una relación nos quedamos solos y seguimos ahí, más que amantes incondicionales nos convertimos en mendigos hambrientos de afecto. En una relación sin reciprocidad, no hay dos personas ejerciendo el arte de amar a la par, hay una que se deja humillar y otra que se abusa de esa vulnerabilidad emocional.

La reciprocidad supone un gracias mirando a los ojos, actos de compasión, gestos de amorosidad, cuidado de la sensibilidad de quien digo amar, abrazar, llamar, preguntar, interesarse, expresar, acariciar, ofrecer ayuda. Es una danza de dar y recibir y en donde ambas personas se enriquecen y crecen.

Las parejas que funcionan comprenden esta dinámica en su justa medida, sin demandar en exceso ni desvivirse. Hay respeto del espacio individual y consideración por el espacio compartido.

Las familias que funcionan, trabajan en equipo y cada integrante hace su parte.

Las amistades que prosperan son aquellas en que ambas personas se interesan en alimentar en vinculo y actualizarlo.

Cuando sí el amor es sin condición

 

Hay solo una excepción en donde la incondicionalidad en el vínculo es no solo válida sino absolutamente necesaria. En nuestra relación con nuestros hijos, a condición, de que aún no puedan valerse por sí mismos. Un bebé en situación de vulnerabilidad real, necesita recibir de sus padres, amor, consideración, abrigo, alimento, ternura. No podemos poner condiciones para ocuparnos de ellos, ni manipularlos con frases como "no te quiero más si...". Es nuestra responsabilidad, dada la asimetría de poder y fuerza vincular. Sin embargo, esos pequeños seres absolutamente dependientes crecen y ya pueden comenzar a ejercer la reciprocidad. A partir de entonces, poner condiciones y enseñarles las dinámica del dar y el recibir, es el acto más amoroso que podemos ejercer hacia nuestros hijos. No se trata de manipulación, se trata de enseñarles que el acto de recibir supone también la generosidad del dar y la responsabilidad de obrar su parte.

Cuando el amor incondicional hacia un hijo se ejerce más allá de los límites razonables, terminamos fomentando la irresponsabilidad, la comodidad, la pereza y la dependencia. Sacudir el nido cuando el pichón no se lanza a volar, es el acto de amor más generoso que podemos ejercer, pues supone mostrarles que tienen alas y pueden desplegarlas. Cuando los padres no ponen condiciones a sus hijos, más que amarlos incondicionalmente, les están imposibilitando crecer por sí mismos. Estos padres en lugar de empoderar y alentar a volar, agrandan el nido cometiendo el acto más egoísta y retentivo. Sienten que están amando, cuando en realidad están sobreprotegiendo. Y el amor nada tiene que ver con el miedo. Eso es apego del ego.

El amor incondicional solo cuenta en relaciones asimétricas en donde hay vulnerabilidad real, superioridad de poder, de recursos y de fuerza. Es decir aún el amor incondicional, supone esta condición. Estas relaciones no nos generan rencor, resentimiento ni sensación de injusticia, por el contrario nos llenan de amor cuando ejercemos esta ética universal de absoluta entrega hacia un ser en situación de fragilidad y dependencia. En todas las demás relaciones, que son las más y las que nos generan sufrimiento cuando las ejercemos sin conciencia, necesitamos posicionarnos con entereza, valor y conciencia.

Cuando del otro lado existe la nada misma, nos hemos quedado remando solos. Reconocerlo es doloroso, sin embargo peor es la soledad en compañía de un otro. Tener las agallas para bajarnos de ese barco y nadar a la otra orilla, es hacer pie en nuestra autoestima en lugar de acostumbrarnos al maltrato y a la indiferencia consentida. Cuando el amor no es recíproco, nos quedamos vacíos. Un amor saludable se encuadra en condiciones en donde ambas partes ganan y se sienten en abundancia.

Revisa tus relaciones, establece condiciones, posiciónate con dignidad y amate primero si tu hábito es mendigar. En este marco de respeto y auto-cuidado germinan relaciones lúcidas y constructivas en donde ambas partes crecen y se enriquecen mutuamente. En el amor nadie pierde, si hay perdedores y ganadores hay egos batallando. Procura atesorar amores sanos, es el mayor capital para construir una vida integra, que refleje el trato que vos te das.

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