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¡Frenen! Quiero bajarme de mi mente

Ps. Corina Valdano

· Psicología,transpersonal,Yoes,Mente,emociones

¿Se han dado cuenta de la cantidad de estados emocionales que tocan nuestra puerta? 

 

Algunos entran con nuestro consentimiento, otros en cambio, con atropello y hasta con los pies embarrados, sin tener ni el más mínimo respeto y cuidado. Con altanería se atreven a perturbar la incipiente calma, y como en una pulseada nos muestran su fuerza para dejar en evidencia la frágil serenidad que pende de un hilo, como elefante haciendo equilibrio.

 

En este escenario, una y otra vez uno se pregunta…

 

¿Por qué esta ansiedad ensordecedora, si hasta ahora la tranquilidad parecía gobernar?

¿Por qué de nuevo la pálida tristeza si hasta ayer estaba tímidamente contenta?

¿Por qué otra vez este bendito miedo que me cala hasta los huesos? Y esa parte que practica para valiente… ¿dónde se fue?

¿Por qué si estaba más que convencida hoy me echo hacia atrás con la misma certeza?

¿Y… donde quedo aquella parte mía que se prometió no volver a repasar lo que pasó?

¿Dónde fue a parar la que a capa y espada defendía lo que quería de sus seductoras zonas más perezosas? ¿Justo ahora me abandona? Ya casi estaba llegando al final lo que siempre dejo a la mitad…

 

Una y otra vez uno no comprende por qué…

 

Ahora me siento esclarecida y sin embargo pronto tocara a mi puerta la más tremenda y cruda confusión.

¿Por qué será que me siento ahora mismo tan sensata y al minuto siguiente me sorprendo siendo chiflada y precipitada?

¿Por qué aparece el sinsentido si hasta ayer se me llenaba el pecho de motivos?

¿Dónde quedo mi promesa de desapego justo ahora que me encuentro enredada en no querer soltar nada de nada?

¿Y esta malicia insana? Hubiera jurado que ya casi estaba para el Nobel de la Paz.

Y este rencor que resurge como podredumbre ¿no había perdonado?

¿Cómo es posible que sienta lastima de mí y que al instante me asalte un hondo sentimiento de orgullo que casi me hace estallar el pecho de felicidad?

¿Por qué de nuevo tiemblo como pollito mojado cuando hasta hace un rato estaba rugiendo como un león?

¿Por qué súbitamente estos celos tan primitivos cuando mi seguridad acabar de pasar con tacos altos y labios pintados susurrándome al oído no mires a los costados?

 

Algunos estados llegan, otros se van…como una puerta giratoria que nunca deja de girar, vemos desfilar un berenjenal de emociones que se superponen. Nuestra mente es una especie de conventillo en el que conviven infinidad de visitantes. Lo que tiene que quedarnos claro es que no somos nuestros inquilinos temporarios, somos el propietario que puede poner orden en el caos. Nuestra mente es el escenario en el que acontece esta especie de gran obra de teatro. Cuando podemos posicionarnos como espectadores, tomamos la suficiente distancia como para no engancharnos con nuestro drama. No hay visitantes mejores que otros, cada uno trae su mensaje y deja su impronta. Cerrarles la puerta en la cara con cerrojo nos implica un desgaste y una contrafuerza que nos resta. Dejarles entrar sabiendo que así como llegan se van es la estrategia más inteligente para no forcejear y generar violencia interna. Estamos en paz cuando aceptamos lo que nos pasa sin pretender cambiar nada, cuando comprendemos que todo tiene movimiento y nada permanece igual.

 

Cuando olvidamos la ley universal de impermanencia, creemos que esos estados nunca pasaran y tejemos esos dramas de nunca acabar. La tristeza llega y se va, del mismo modo la malicia, la codicia, los celos, la frustración, el enojo y el rencor. Cada estado que experimentamos como desagradable tiene algo que decirnos, trátalos con honor, más de una vez te ayudaran a tomar una decisión. No mates al mensajero, dialoga con él y luego amablemente muéstrale la puerta de salida, hasta su próxima visita.

 

Cuando el propietario es democrático y escucha a todas las partes, nadie se revela lo suficiente como para armar una guerra interna. Nos sentimos contradictorios cuando tomamos la parte por el todo y edificamos nuestra identidad sobre estados transitorios. Así diremos que somos miedosos y al día siguiente los más valientes, somos los más cuerdos y luego los más desquiciados, los más afortunados y los más desgraciados. Y la verdad es que no somos nada de eso, no somos el drama, ni el conventillo que se sucede en nuestra mente. Observar esa puerta giratoria sin reaccionar y con la confianza plena de que todo pasará, nos sitúa en el ojo del huracán donde yace la calma y la serenidad. Podemos entrenarnos en esta destreza y gobernar las infinitas partes que nos habitan, con conciencia y sabiduría.

 

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