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¿Qué ves cuando te miras?

Por Corina Valdano

¿Por qué será que tantas personas le tienen miedo a la soledad?

 

Si bien, no es mi caso en particular, pues necesito y disfruto de mis fértiles momentos de soledad, es muy habitual que sea un tema a tratar en el contexto de una terapia.

Muchas personas temen no solo a la soledad “permanente” (el miedo a quedarse solos) sino también a la soledad “circunstancial” (no estar a gusto en momentos de soledad ocasional). Por ejemplo: quedarnos solo en casa, salir a tomar un café sin compañía, hasta para ir al cine, que supone no conversar con quien tenemos al lado, requerimos de alguien que nos acompañe. Todo plan pareciera incluir a un otro "que esté ahí"...¿Y los planes en compañía de nosotros mismos y nadie más? Parecieran no existir...

Podemos decir que es ancestral el temor a “quedarnos solo”, pues "somos seres sociales" y necesitamos de la “manada” para sentirnos protegidos… pero también tenemos que reconocer que "somos seres individuales" y necesitamos entrar en contacto con nosotros mismos.

¿Por qué evitamos momentos de soledad?

En la mayoría de los casos, lo evitamos por temor al encuentro con nosotros mismos. Así como a veces le escapamos al silencio…no? Llegamos a casa y prendemos el tele, ponemos música, “nos conectamos” con algún estímulo externo… para no conectar con lo interno. También es habitual en una conversación con alguien, la tendencia a evitar los silencios… y pisarnos al hablar cada vez que las miradas nos incomodan y no hay tema de conversación.

Pareciera entonces, que necesitamos del “ruido” externo o mental para evitar esa “intimidad” tan necesaria e irónicamente a su vez tan poco frecuentada.

La soledad temida de la que les hablo, no es aquella de quien no tiene con quien estar en la vida. No me refiero a la ausencia de una presencia, sino a la evitación del encuentro con nuestra esencia.

Creo que es absolutamente necesario tomarnos momentos diarios para detenernos y mirarnos a nosotros mismos.

En un contexto social como el que vivimos, que invita todo el tiempo al movimiento, la quietud llega a ser una gran virtud. En un contexto en el que las voces se multiplican y las palabras sobran, el silencio es algo que acontece como mágico y se valora como un bien preciado, en quien logra conquistarlo.

No nos preguntamos demasiado cómo estamos, no nos miramos con ojos asombrados, para ver qué hay más allá de nuestra preocupaciones y problemas cotidianos, para ver quienes estamos siendo hoy a diferencia de un tiempo atrás…

 

Hay un ejercicio que me parece fundamental, lo ejercito conmigo y lo propongo en el contexto del consultorio. Una vez cada tanto…es bueno mirarnos a los ojos y hacer contacto con esa fuerza interna, que a veces nos resulta tan ajena. Dicen que los ojos son las ventanas de alma, pues creo que más que ventanas, son enormes cristales que reflejan la esencia de esa sustancia que anima la gran maquinaria que nos transporta, llamada cuerpo…

 

Les puedo asegurar que tomarse este ejercicio en serio (mirarse a los ojos en el espejo) y dejarse llevar más allá de la cáscara de la personalidad…. genera en un comienzo una sensación de extrañeza, como que “desconocemos a la persona que vemos”, y podemos preguntarnos: ¿Quién está ahí del otro lado? 

 

Cuando esa primera impresión cede y esa incomodidad afloja, acontecen todo tipo de emociones, inquietudes y valores. Podemos sentir respeto, lamento, tristeza, admiración, temor, hasta ganas de pedirnos perdón… Esa distancia abismal que sentimos respecto de nosotros mismos es consecuencia, tal vez, de reconocer lo olvidado que nos dejamos al vivir tan apurados. En ese "Encuentro Santo", no debe haber reclamos, reproches o promesas sino solo “contacto” y aproximación a la verdad de quienes somos más allá de lo que se mueve en lo superficie de la personalidad.

Esa materia prima, esa esencia divina, contiene todo el potencial para reciclarnos y re-actualizarnos. Si solo nos identificamos con quienes estamos siendo en un momento dado, nos olvidamos que somos como arcilla fresca sobre la que podemos echar mano. Cuando nos identificamos con quienes somos en un momento dado, nos pensamos como una “foto” en blanco y negro en lugar de pensarnos como una película en movimiento y con final abierto.

Cuando vivimos apresurados, cuando aturdidos solo seguimos los ruidos de nuestra mente y las hábitos de siempre, no hay “pausa” para detenernos a mirarnos con buena mirada y preguntarnos. Y claro está, que en piloto automático, nada nuevo acontece. Es la reflexión, la meditación, la instrospección, la que da origen a la creación.

Necesitamos esos espacios de fértil soledad para mirarnos frente a frente e indagar un poco más allá, de las urgencias cotidianas... hacernos preguntas, cuestionarnos, nos ayuda a direccionarnos.

Honrar esa vida que vive en nuestra interioridad, que se percibe a través de los ojos como ventanas del alma, requiere de la responsabilidad de vivir esta vida humana, entendida como un privilegio, porque momento a momento tenemos la posibilidad de optar.

Tenemos una vida que nos es fue dada para materializar lo sutil en lo tangible, nuestro potencial en realidad, y expandir nuestra conciencia todo lo más que se pueda, para ser cada vez más concientes y lúcidos y no solo para tildar un cumulo de tareas cotidianas que realizar.

Cuando en esa mirada “en el espejo”, nos reconocemos es porque estamos en el sendero correcto de alinear nuestra esencia y personalidad. En cambio, cuando en esa mirada nos sentimos completamente desconocidos y alienados de nosotros mismos, es tiempo de mirarnos a los ojos más seguido y preguntarnos “para qué estamos”, “a qué venimos”, “hacia dónde vamos”. De esa manera dotamos de sentido al sinsentido que muchas veces invade.

Las respuestas a estas preguntas que resuenan como tan complejas, las tiene nuestra esencia. Pero esta esencia solo se expresa cuando acontecen estos encuentros sagrados, cuando le perdemos el miedo a sentirnos íntimos de nosotros mismos, cuando la soledad más que una amenaza es una oportunidad para dialogar con nuestra interioridad.

Este simple ejercicio que obviamos por vivir apresurados, nos ahorra el desconsuelo que podemos sentir cuando al entregar la vida que nos fue prestada nos damos cuenta que apenas la hemos visto de pasada…. Cuando esto sucede, reconocemos con dolor que no hemos gozado de cada respiración. Y gozar es mucho más que disfrutar, pues es una vivencia que no depende de las circunstancias externas sino de vivir en coherencia y correspondencia con quien del otro lado de la ventana del alma nos mira y nos guía cada vez que le damos cabida.

Si estos tiempos nos los damos como hábitos cotidianos consagrados, podemos re-encontrarnos sin tener que perdernos antes e irnos tan lejos de nuestros verdaderos anhelos. Estamos acostumbrados a detenernos a mirarnos cuando nos sentimos compungidos y angustiados. Desesperados deseamos volver el tiempo atrás…ansiamos consternados una nueva oportunidad, como si el tiempo se pudiese pausar.

Habitar y honrar la vida conseguida desde la plena conciencia del Ser, es reconocer que algo a esta vida venimos a hacer… Cuando asumimos esta actitud, nos damos la oportunidad de crecer y corremos menos riesgos de perdernos en los laberintos externos que en todo momento nos seducen y embelesan, bajo la fútil promesa de hallar respuestas fuera, cuando en verdad las auténticas revelaciones solo yacen en las profundidades de nuestro interior.

La invitación es aprender a contar con nosotros mismos, a sentirnos contenidos y sostenidos por ese Ser Íntimo que aguarda ser interrogado para orientarnos cada vez que estamos desesperados, para asentir cada vez que nos sentimos dichosos, para tranquilizarnos cada vez que nos sentimos ansiosos, para darnos aliento cuando nos sentimos dispersos, para recordarnos que estamos vivos cada vez que nos dormimos en el abismo del sinsentido. Sí ante todo: contamos con nosotros mismos!!

Mirarnos a nosotros a los ojos es un acto simbólico y a la vez real que nos preserva de alienarnos y alejarnos de nuestro Ser Esencial. Mirarnos a nosotros a los ojos es un acto de verdadera dignidad y absoluta valentía para quien decide vivir su vida en la senda de la verdad y se atreve a sacarse la venda que casi todos tenemos puesta. Detrás del telón…nuestro más auténtico guion aguarda nuestra actuación.

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