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La Esclavitud Autoimpuesta

Por Corina Valdano

Estamos en una trampa que nos hemos montado a nosotros mismos y de la que ni siquiera tomamos consciencia. Los barrotes de esta cárcel de la que somos a la vez víctimas y victimarios son invisibles pero lo suficientemente poderosos como para sujetarnos dentro. Ya no somos esclavos de la dominación ajena, somos prisioneros de nuestra propia disciplina, de nuestra exigencia desmedida y de nuestro afán de rendimiento voraz.

La esclavitud no se abolió como queremos creer, solo cambio de dueño e invirtió su dirección. Ya no hay un amo externo que nos somete a rutinas inhumanas, somos nosotros mismos los que nos imponemos un ritmo salvaje que agota nuestro cuerpo, satura nuestra mente y enajena nuestro espíritu. Somos como muertos vivos cuando dejamos de contemplar, de sentir, de apreciar y de asombrarnos por seguir un ritmo frenético en donde el hacer anula el ser y lo adormece para que no moleste con sus angustias existenciales. Sin embargo, el recogimiento, el tedio y el aburrimiento son estados profundos que dan origen a lo nuevo. La pura agitación en la que estamos inmersos no genera nada nuevo, solo reproduce y repite lo existente. El emprendedor tiene más negocios en mente que ideas innovadoras. Su mente empresarial adicta a la productividad condiciona su creatividad y la descarta si lleva demasiado tiempo de siembra o los frutos no son jugosos al momento de la cosecha. Importa exprimir al máximo el rendimiento, si no se descarta y se pasa a otra cosa a toda velocidad y sin pausa.

En este contexto cultural sentir es un obstáculo a la exigencia de rendir y dar más y más…

Si sentimos, reconocemos el cansancio de nuestro cuerpo y no estamos dispuestos a bajar el ritmo.

Si sentimos, corremos el riesgo de caer en el vacío de estar inmersos en el sinsentido y eso nos distrae de nuestros ambiciosos objetivos.

Si sentimos, podemos llegar a preguntamos si somos felices y tenemos terror de darnos cuenta de que no, de que el esfuerzo desmedido es un vicio y no una verdadera elección.

Estamos enfermos de hiperactividad, adictos a sentirnos productivos, a ganarle la carrera al tiempo que no nos espera para todo lo que queremos hacer cuando al fin llegué el bendito momento de bajar un decibel. Siempre encontramos buenos argumentos para no parar… lo hacemos por el bien de la familia, para dejarle a nuestros hijos, para llegar a fin de mes, para tener más tiempo libre después, para… ¿realizarnos a nosotros mismos? ¡Vaya contradicción! Primero nos desarmamos en mil pedazos, nos fragmentamos para todo abarcarlo… ¿qué sentido tiene disolverse primero para realizarse después?

A una velocidad en donde no es posible reflexionar y tomar consciencia de nuestras contradicciones, pretendemos realizarnos y en el intento por lograrlo provocamos lo contrario: nos deshacemos por agotamiento. El ser humano es la única especie viviente que atenta contra sí mismo, que se destruye pensando que se está realizando y encima siente orgullo de levantar bandera y clamar “no dar más” y en lugar de parar, redobla la apuesta para poner a prueba su resistencia. Energiza su cuerpo con sustancias extrañas en lugar de acariciarlo por dentro y llevarlo a descansar. ¿Y si realizarnos es “volvernos real”? ¿Y si volvernos real es dejar de pretendernos superhéroes y superheroínas? ¿Y si no poder con todo es una liberación y no una señal de fracaso o motivo de depresión? ¿Y si podemos y sin embargo no queremos? ¿Y si volvernos real es preguntarnos por nuestra autenticidad en lugar de seguir la manada como ovejas al corral? Seguimos ciegamente una promesa de felicidad cuando en verdad nos encierra y nos aleja de nuestra verdadera naturaleza. La verdadera liberación es hoy liberarse de esta neurosis de aceleración, es tener la lucidez de decir no a lo que todos dicen sí y alimentan sin darse cuenta de su propia explotación.

Nacemos originales y morimos siendo copias. Nos creemos libres porque no obedecemos a reglas externas, pero no nos damos cuenta de que no hay peor látigo que nuestra mente severa para castigarnos y doblegarnos. Una mente hiperactiva no es una mente en paz, una mente dispersa no es una mente serena, una mente que esta al mismo tiempo en diferentes lugares a la vez es una mente ausente que no está en ningún lugar. Nuestra vida está donde está nuestra atención y si nuestra atención está secuestrada en lo que vendrá, en las preocupaciones de lo que quedo sin terminar, en lo que quisiera pero aún no se da… nos mentimos cuando nos decimos que nuestra vida es la familia, la salud, el bienestar y estar en paz. Sembramos zanahorias y pensamos que estamos regando un árbol de frutas. Con nuestra mente hacemos algo parecido, cultivamos pensamientos de ansiedad y nos convencemos de que cuando tildemos todo lo que nos genera preocupación, vamos a cruzar el umbral hacia el paraíso de la serenidad, y como siempre… ¡la vida es tan desprolija que siempre trastoca los planes que uno tenía! Culpamos a la vida de no pausar cuando en verdad estamos hambrientos de motivos que alimenten la adrenalina de sentirnos vivos porque estamos activos. Vivimos toda la vida ansiosos para morirnos en paz ¡Vaya paradoja! ¿Se lo han puesto a pensar?

En este olvido del Ser, nadie sabe qué hacer cuando no hay nada que hacer… es ahí donde comienzan las maratones de series, los enredos en las redes, la gula de información, el placer de los sentidos para recordarnos que estamos vivos. Nos es más fácil, respirar hondo, ajustar el cinturón y seguir con el envión que detenernos a conectar con emociones que no sabemos de-codificar.

Nos hemos quitado el tiempo de no hacer nada sin sentir que estamos perdiendo el tiempo. El tiempo sin acción se vive con culpabilidad o como una preparación para poder seguir con más vigor, como quien se detiene a afilar un cuchillo para que siga cortando bien… pero el foco sigue siendo el mismo: rendir, producir, hacer, alcanzar objetivos y no quedar fuera de la actividad frenética en donde no dar más, estar agotados y no tener lugar en la agenda es marca registrada de éxito personal ¡y vamos por más! No tomar consciencia de que es la mente neurótica la que ha tomado el mando y nos dirige como autómatas devoradores de una actividad tras otra, vuelve la vida inerte y mecánica. En verdad, no estamos eligiendo nuestra vida, estamos respondiendo a un mandato cultural de no parar y producir más. Es la fórmula perfecta de dominación porque quien se somete a sí mismo se cree libre y en camino hacia la propia realización.

No hay una opresión externa ante quien revelarse hay una presión interna que nos doblega y nos susurra al oído… tu puedes, todo depende de ti, querer es poder, no aflojes, esfuérzate más y lo conseguirás, no hay límites que te detengan, sigue adelante, no te falles, eres capaz, si te lo propones lo lograrás… Frases de la cultura del empoderamiento que a simple visto suenan alentadoras pero que implícitamente imponen una presión en donde quien no lo logra lo que quiere no es humano sino un fracasado, un flojo que no puso de sí lo mejor. Si empoderarnos es tener la obligación de poder con todo…más vale humanizarnos y hacer lo que está a nuestro alcance sin desvivirnos de modo insano por cumplir con ambiciosos objetivos que alimentan más nuestro ego que nuestro espíritu.

¿Por qué nos cuesta tanto darnos cuenta de que no necesitamos hacer más sino hacer distinto? Es que el debate no se reduce a hacer o dejar de hacer, como tampoco la solución es recostarse en el sillón y abrazar el conformismo. Lo que enferma no es la iniciativa y la responsabilidad sino el mandato de rendimiento y de no parar. Se trata de no olvidar que somos ante todo seres humanos y no hacedores humanos. El Ser requiere de un alimento espiritual, no acepta sustitutos, su alimento no son los objetos, los éxitos terrenales, ni los placeres del cuerpo. Sin embargo, cuando sentimos vacío existencial nos compramos zapatos, cambiamos el auto o bajamos al kiosco. Y como humanos que somos, necesitamos reconocer que no somos dioses todopoderosos, que no podemos con todo y que exigirnos más y más, no es un acto heroico sino fatídico y tortuoso martirio.

Estamos embriagados de narcisismo en lugar de enraizados en la humildad de amarnos tal cual somos. Desde ese narcisismo nos sentimos omnipotentes, eternos e irrompibles. Perdemos noción de nuestra finitud, olvidamos que llegará un día en que ya no estaremos aquí. Negar la muerte tiene como consecuencia olvidar la pregunta acerca de cómo queremos vivir. Todo aquello por lo que tanto nos esforzamos y vivimos a las corridas, se quedará en este plano y no nos llevaremos ni lo puesto. ¿Es que entonces nada vale la pena? ¡Por supuesto que sí! Pero lo valioso no es lo acumulado con el paso de los años, sino la consciencia que pudimos desplegar, nos llevaremos lo aprendido, lo experimentado y la sabiduría de haber saboreado la vida a sorbos, sin apuros ni prisas, para no perder detalle. Lo intangible, lo sutil, lo espiritual, lo imperecedero permanece cuando todo lo demás desaparece.

En una cultura doblegada por la hiperactividad ser revolucionario es irradiar serenidad. Pongamos de moda hacer una cosa a la vez, estar de cuerpo y alma en el mismo lugar, darnos tiempo para no hacer nada, mirar a los ojos y dejar de relojear el celular, espaciar esa agenda apretada, perder de vista la hora y sentir de cerca los ritmos que nos marca nuestra propia naturaleza.

En la Psicología Transpersonal se utiliza un término que es muy apropiado en este contexto: insatisfacción óptima. Puede suceder que una parte importante de sí comience a sentir un grado de malestar y decepción suficiente, que lo lleve a replantearse su modo de vivir y a tomar la decisión de cambiar de dirección. Cuando la saturación acontece, el cambio se produce y eso es lo más sano que nos puede suceder. Tengamos el valor de vivir nuestra vida a nuestro gusto y ritmo. ¡Ahora! No cuando acabemos todo los demás y tildemos lo que la cultura nos dice que corresponde y es marca registrada de éxito. No hay acto más heroico que ser auténtico en una sociedad que masifica. No hay acto más valiente que mirar hacia dentro y preguntarse cuando la mayoría está mirando al costado pretendiendo superar al de al lado y persiguiendo como ratón un queso que se pone rancio con el paso del tiempo.

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