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Cuando "derrapamos" ¿Cómo volver atrás y reparar el daño?

Por Corina Valdano

· Psicología,transpersonal,emociones,autocontrol,impulsividad

Hay circunstancias en la vida en donde desearíamos con cuerpo y alma volver el tiempo atrás…, pueden ser múltiples las situaciones en las que nos sentimos “derrapar”. En esta ocasión y con este término en particular hago alusión a aquellos comportamientos en donde no “pecamos” por omisión sino por inapropiada acción. Derrapar es deslizarse, resbalar…A veces, una mala maniobra nos lleva a la banquina y terminamos dando vuelcos, lastimados o dañando a otros por un segundo de inconsciencia en donde nos dominó la emoción de tal manera que anuló nuestra capacidad de razón.

Podemos ansiar volver el tiempo atrás para pensar antes de hablar, para no cometer ese maldito error que se torna evidente cuando se nos pasa el segundo de ingenua estupidez y aparece la lucidez, para no mandar ese bendito WhatsApp que tecleamos en un momento de arrebato, para que deshacer el email que acabamos de enviar sin reflexionar, para frenar antes de estrellarnos contra ese tapial de material que “no sabíamos” que dolía tanto o que podía provocar daño.

“No hay ser humano que no haya pasado por alguna de estas circunstancias…”

¿Por qué?

Porque dentro nuestro anida detrás de la corteza cerebral una parte muy visceral, primitiva e inmadura que no nos diferencia en nada respecto de un animal. Cuando esa parte actúa por sí sola, sin participación de la corteza cerebral, que ayuda a razonar, suavizar y mesurar nuestros comportamientos…el resultado las más de las veces es ¡derrapar! con el consecuente sentimiento de arrepentimiento.

“No hay ser humano que no haya pasado por algunas de estas circunstancias…”

¿Por qué?

Porque aquí no me refiero al daño intencional o al comportamiento disfuncional propio de una persona que necesita un abordaje profesional. Me refiero a la persona común, que piensa, razona y funciona adecuadamente pero ocasionalmente “derrapa” ante una situación puntual, en donde lo que yace detrás no es la maldad o la enfermedad sino la torpeza, la parte más ingenua, el arrebato, hasta el exceso de entusiasmo que hace que lo evidente se torne no existente, es decir: las consecuencias, lo que está en juego, la sensibilidad propia y ajena no son tenidas en cuenta.

Es la buena persona que “resbala” de manera extraordinaria en donde se desconoce a sí misma por su perfil de personalidad tan medida y racional, o también aquella otra, que va con los patines puesto por la vida y se arrepiente de lo que hace o de cómo lo hace después de patinar una y otra vez en el mismo lugar…

En el primer caso, a veces la magnitud del error es mayor porque una persona que solo vive en su cabeza, cuando “no cuenta con ella”, no sabe cómo lidiar con la emoción y además, de tanta emocionalidad contenida, cuando expresa lo que siente, exagera la intensidad. Como diría mi abuela: “le sale el tiro por la culata…” .

En el segundo caso, la persona se mueve como pez en el agua únicamente en la emoción y como toda exageración termina asfixiada de lo mismo que respira. Repite y repite lo que esporádicamente es intrascendente pero gota a gota satura cualquier recipiente. Es la típica persona que siempre hace un chiste fuera de lugar, comenta demás, dice de más, actúa de forma poco idónea, cede a sus impulsos como quien se entrega a una gran pasión…Y sumado a eso, sufre una especie de “amnesia” que hace que al cabo de un tiempo lo importante pierda transcendencia y claro está: no hay aprendizaje si no hay una clara asunción de responsabilidad o una gran lección detrás, como la pérdida de un amor, de una amistad o una oportunidad.

Remediar lo remediable siempre está a nuestro alcance

Primero voy a hablar de reparar, cuando es posible, las consecuencias de un mal obrar y luego cómo prevenir estos derrapes que tanto nos pueden costar.

Podemos remediar solo aquello que asumamos con conciencia. Responsabilizarnos del daño ocasionado es el primer paso que tenemos que dar si es que tenemos genuino arrepentimiento. Trascender el orgullo, nos permite acercarnos a ese otro u otros y decir con el corazón en la mano y la cabeza bien en alto “lo siento”. Pongo esas palabras entre comillas para diferenciarla de la palabra casi automática que nos sale cuando pedimos “disculpas”. En este último caso estamos rogando que nos eximan de la culpa, es una expresión que nace en el egoísmo, en el intento por aliviar nuestro pesar, más que de un verdadero sentimiento de ponernos en el otro lugar y sentir cómo se siente estar en esos zapatos. Cuando “sentimos a la par con alguien”, estamos sintiendo empatía, desde la noble actitud de reconocernos semejantes y compartiendo la misma humanidad.

Decir “lo siento” debe ir de la mano de la clara convicción y compromiso de no volver a cometer el mismo error. Y si hay algo que pueda ser remediado, tener la disposición y valentía para tomar acción: aclarar ante alguien una confusión, limpiar el nombre de quien quedo involucrado, abrazar, reponer, compensar…Y si no es posible, porque la persona ya no está presente, porque lo dañado no tiene vuelta atrás o porque nos llevó tiempo madurar el error, podemos hacer una especie de donación de una buena acción que nos ayude a purificar y balancear el desvío ético que no nos deja descansar en paz. Colaborar en alguna institución, ayudar a alguien, regalar nuestro preciado tiempo, tener un buen gesto. Se trata de sembrar una buena semilla donde antes había una maleza y por lo tanto una mala cosecha.

Vale agregar, que una forma torpe e inmadura de disculparnos es minimizar el daño y restarle importancia, más propio de la energía masculina (no exclusiva necesariamente de los hombres) la famosa expresión: “no fue para tanto”, embarra más de lo que aclara el panorama. En este caso ¡abstenerse! y encontrar formas más adultas de iniciar una conversación. Aquí otra vez la inmadurez emocional más que la mala intención detrás.

¿Cómo prevenir el “derrape”?

Prevenir supone asumir que hay una tendencia de la que tenemos que cuidarnos. Y esto incluye a cualquier ser humano, porque como les decía en un comienzo, el cerebro visceral, también llamado “reptiliano”, es propiedad de cada uno de nosotros y bien sintonizado con las demás partes de nuestro cerebro, componen una afinada melodía. El cerebro más primitivo es el que nos salva muchas veces la vida. Es el que se encarga de pisar el freno cuando estamos por atropellar a alguien, sin detenernos a pensar si la otra persona cruzo en luz verde, si sería lo indicado en cuanto a riesgos o daños mayores. Cuando se trata de salvar nuestra vida o la de alguien en una milésima de segundo, el pensamiento entorpece y demora la acción. No pensar aquí es funcional.

En cambio, en el contexto al que me refiero en este artículo, la acción “sin filtro” es completamente disfuncional y deja en evidencia aspectos nuestros que tenemos que trabajar. Tanto si hacemos caso omiso de nuestro mundo emocional como si estamos dominados por las emociones siempre en primer lugar, ambos extremos son exageraciones que requieren atención. La forma de trabajarlo es comenzar a “auto-observarnos”. Ante qué situaciones, ante qué personas, en qué contextos, ante cuánto estrés y cansancio soy más proclive a tener ese tipo de reacciones instintivas. Este ejercicio de observarnos a nosotros mismos en la vida cotidiana como hábito, permite ir instalando una instancia lúcida con la que necesitamos contar: nuestra capacidad de discernimiento, que como un faro que ilumina lo que a veces no vemos claro, nos facilita diferenciar lo que sí de lo que no, lo que está bien de lo que está mal, nutrir el brote y desmalezar el matorral que crece en nuestra cabeza y a veces no tomamos conciencia hasta que una torpe acción se torna certeza de nuestra inconciencia.

Pausar, mirar hacia adentro y leer el contexto antes de actuar no es algo utópico, es fruto de desarrollar la inteligencia emocional que como un musculo se entrena y se fortalece con el uso y la repetición. Si no podemos solos, pedir ayuda profesional es el primer paso emocionalmente inteligente para preservarnos a nosotros mismos de nuestras equivocaciones y cuidar a los demás de las consecuencias de nuestros actos más precarios.

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