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Decidir perdonarnos a nosotros mismos

Por Corina Valdano

· Transpersonal,Psicología,perdón,compasión,Budismo

Como seres humanos falibles y eternos aprendices estamos expuestos a cometer un sinfín de errores y deslices. La Vida no es previsible y tampoco disponemos de la bola mágica o la máquina del tiempo para anticipar las consecuencias que tendrán nuestras decisiones u omisiones.

En este escenario vital tan incierto, cometer traspiés y a veces llegar a dar tumbos forma parte de ser una minúscula porción en un mundo inabarcable e inmenso. Reconocer esta realidad es admitir con humildad nuestra vulnerabilidad y la certeza de que cometeremos miles de falencias mientras vamos evolucionando en el difícil trabajo de convertirnos cada día en mejores seres humanos.

Saber perdonarse es un arte que debemos aprender a ejercer para no condenarnos ni maltratarnos eternamente por no haber acertado en cada decisión que hemos tomamos, por habernos equivocado o por haber dañado o descuidado a los demás en un acto de torpeza o de ignorancia.

Las buenas personas con frecuencia tienen facilidad para perdonar a los demás pero les lleva años o la vida entera perdonarse a sí mismas. Cuando eso sucede, el pasado se convierte en una carga muy pesada de llevar, que siempre nos acompaña si no la miramos de frente, con honestidad y hacemos las paces con aquello que pudimos o no pudimos hacer. Por el contrario, muchas veces al no perdonarnos, en lugar de alivianarnos el peso, lo hacemos más insoportable con reproches y recriminaciones que nos lastiman y dañan nuestra autoestima.

Perdonarnos es una decisión que necesitamos tomar, de lo contrario no acontecerá de manera natural. Perdonarse no es olvidar, es recordar sin dolor y sin regaños. Olvidar no solo es imposible sino que además nos perdemos de la posibilidad de aprender de la circunstancia en la que fallamos o hubiésemos hecho distinto si tendríamos hoy la oportunidad. Si algo bueno contiene fallar o equivocarnos es aprender de la experiencia para no volver a tropezarnos en el mismo lugar.

Perdonarse es la única opción que tenemos para seguir adelante sin resentimientos. Si no nos perdonamos, inconscientemente buscaremos castigarnos. Pues, quien se siente culpable busca azotarse eligiendo lo malo para sí, dejando de cuidarse o de crecer en lo personal.

¿Qué es perdonarse a sí mismo?

Perdonarse a uno mismo es un proceso introspectivo que acontece de manera lenta y progresiva. Supone en primer lugar reconocer que hemos quedado profundamente ligados a alguna circunstancia desfavorable que nos tocó atravesar y ya no podemos cambiar.

Nos damos cuenta de que hemos quedado fijados a nuestro error, cuando volvemos una y otra vez sobre la situación, la repasamos y pensamos lo que haríamos distinto si el tiempo volvería atrás. Este es un pensamiento mágico que no nos permite avanzar porque nos lleva continuamente hacia atrás. Se convierte desde este modo, en una especie de onanismo mental que nos cierra sobre nosotros mismos y nos deja sin salida.

Qué nos impide perdonarnos

Detrás de la imposibilidad de perdonarnos se esconde un ego increíblemente grande y fantástico, que se considera a sí mismo demasiado importante, omnipotente e infalible. Como si una parte de sí diría: “puedo perdonar que los demás comentan errores porque son humanos imperfectos pero yo que soy perfecta no puedo darme el lujo de equivocarme.”

Una buena pregunta que nos ayuda a bajarnos del pedestal es ¿Quién soy yo para estar exenta del error? ¿Qué tengo de especial para sentirme superior, para creerme que soy capaz de hacer todo a la perfección, de actuar sin margen de ignorancia, de tener siempre la mejor respuesta o solución para los demás?

Si no tomamos consciencia de este ego inflado que nos atormenta, nunca nos dejaremos en paz, pues no nos dejaremos pasar nada así nomás. Este ego que se pretende superior encuentra cierto deleite y hasta orgullo, en victimizarse y machacarse por lo que hace mal. Pues perdonarse un error esconde lo que siente como una amenaza mayor, el reconocimiento de ser un ser imperfecto en continuo aprendizaje y evolución. Así, detrás de la condena por un error cometido se asoma una soberbia inmensa que muchas veces nos cuesta reconocer.

Otra razón por la cual perdonarse a sí mismo es tan difícil es porque el presente nos recuerda las consecuencias de nuestras malas decisiones pasadas, por ejemplo: ir cada día a un trabajo que no nos gusta nos recuerda el error de no haber estudiado, la ausencia de una persona nos recuerda lo que no pudimos hacer por ella si nos reprochamos el no haberla ayudado, también el cuerpo que duele hoy nos recuerda lo mucho que lo hemos descuidado en el pasado, la soledad que sentimos nos recuerda los vínculos que no hemos sabido cultivar, el calendario pone en evidencia que el tiempo pasa y aún nos seguimos postergando, la sensación de vacío nos recuerda que no nos hemos ocupado lo suficiente de construirnos una vida interesante, que nos entusiasme.

Como verán, cada situación merece un diferente tipo de perdón. Hay situaciones que no tienen vuelta atrás y hay circunstancias sobre las que sí podemos impactar, intervenir y asumir responsabilidad si lo que vemos no nos gusta o reconocemos que podría mejorar y aún está en nuestras manos modificar.

Cuando lo que nos reprochamos ya no está a nuestro alcance, es decir: el daño es irreversible, necesitamos más que nunca reconocernos como humanos falibles y hacer de esa circunstancia dolorosa una ocasión para transformarnos en un ser humano mejor. A veces sirve hacer una especie de acuerdo con el Universo, algún acto de compensación del error para saldar cuentas con el pasado o para hacer las paces con nuestro interior: una promesa contundente, un acto de altruismo, un gesto de generosidad, ofrecerse para algún servicio, hacer de un trauma una vocación para ayudar a otras personas, o quizás un rito de sanación como puede ser una carta a la persona que ya no está, donde podemos decir lo que en el pasado no pudimos o no le dimos demasiada trascendencia.

Cuando lo que no nos perdonamos es algo que puede ser modificado hoy, es decir: el daño es reversible, victimizarnos es la excusa para no re-actualizarnos y para no pasar a la acción. No hay una edad para estudiar, para relacionarnos con los demás, para empezar a cuidar nuestro cuerpo, para tomar decisiones más saludables, para desplegar un talento, para retomar lo que dejamos y todavía nos reprochamos… Comenzar desde dónde estamos, dejando de pensar que es tarde, es honrar la vida de la que gozamos. Nuestra vida no es menos valiosa hoy que diez, veinte o treinta años atrás. El espíritu no declina con la edad, por el contrario, se fortalece y se vuelve sabio.

Y por último, si lo que no nos perdonamos implica a otra persona con la que hoy podemos todavía vincularnos, acercarnos y pedir perdón, reconforta y aliviana la carga. El orgullo no sirve de nada, tampoco la vergüenza es buena consejera. Mirar a los ojos y admitir un error es un acto de grandeza y profunda dignidad.

Hay muchas situaciones en donde el perdonarnos es necesario. Debemos evaluar cada circunstancia y lo que es más conveniente en cada una de ellas. Lo que sí es cierto, en cualquiera de los variados escenarios, es que lo peor que podemos hacer es seguir condenándonos el resto de nuestra vida por un acontecimiento poco feliz o una mala decisión que hemos tomado.

Sentir lastima de nosotros mismos, estar eternamente arrepentidos y no hacer nada para aligerar el alma nos corroe por dentro y nos estanca.

El perdonarse a uno mismo supone…

Aceptar nuestra humanidad, asumir que errar, fracasar, mentir, ignorar, lastimar, postergar son características intrínsecas de todo ser humano mortal. No hay excepciones a esta regla, así que debemos abandonar la idea inconsciente de superioridad que nos exime de esta realidad.

Aceptar lo que pasó, llegada cierta instancia ya no importa si el evento fue adrede o sin intención, si hubo muertos o heridos. Por más que nos ataquemos a nosotros mismos el pasado no va a cambiar.

Observar los sentimientos y los pensamientos, no debemos forzarnos por liberarnos de las emociones que sentimos pero debemos procurar no alimentar las emociones que nos dañan con pensamientos derrotistas.

Cosechar una enseñanza, todo error y toda circunstancia desfavorable siempre deja una lección importante. Vamos aprendiendo en la medida que vamos viviendo. La única forma real de madurar es intentar y fallar, intentar y fallar, intentar y fallar hasta conseguirlo.

Sostener con plena consciencia la decisión de perdonarse, si somos negligentes y no hacemos nada con los sentimientos de culpa que anidan en nuestro interior, estos crecerán como pastizal. No debemos dejarnos estar, trabajar por nuestra paz interior es una responsabilidad que no podemos nunca abandonar. Saber pedir ayuda si no podemos solos, forma parte de la decisión de perdonarse a sí mismo.

Establecer el sano compromiso de hacernos bien es el único camino para sentirnos bien. Vivir agobiado por lamentos nos carcome por dentro. Claro está que si uno se siente víctima no puede asumir el protagonismo que necesita para tomar las riendas de su vida hoy.

Debemos recordar que, lo que nos hace grandes y evolucionados no es no vivir situaciones críticas sino salir fortalecidos de cada una de ellas y seguir adelante con la frente en alto y un cumulo de aprendizajes y experiencias.

Los invito a trabajar a diario, desde este mismo instante, para que dentro de unos años, al volver la mirada atrás sientan orgullo en lugar de lástima personal, para poder llegar a admirar la vida que han vivido en lugar de criticarla.

Por último, una salvedad que me parece importante aclarar: admirar la propia Vida no tiene que ver con haber hecho cosas grandiosas ni extraordinarias sino con sentir que uno ha podido superarse en aquellas cosas que daba por perdidas o se daba por vencida.

El perdón juega un papel curativo en nuestras vidas. Ten las agallas suficientes para sanarte y aprender a mirarte con profunda amorosidad y compasión.

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