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Crisis Vitales.

Cuándo sentimos que ya no somos los mismos y no podemos seguir como estamos...

Por Corina Valdano

· Crisis,resiliencia,dolor,cambio,transpersonal

¿Quién no ha pasado al menos una vez en la vida una crisis vital? Seguro la mayoría de nosotros. Y quien no, que se prepare porque nadie se va de aquí sin curtirse y entrenarse en el arte de aprender a recuperarse.

Son muchas las situaciones que pueden desencadenar en una crisis vital. Generalmente son temporales si uno las afronta y trabaja sobre ellas. Evadir el malestar, disfrazar la tristeza o eludir la ansiedad solo agrava el problema. Puede que esa solución provisoria con el paso del tiempo se convierta en una especie de volcán en erupción. Aquello que se posterga se presentará con toda su fuerza para que nos hagamos cargo de tomar las riendas.

Tendemos a etiquetar las crisis como negativas porque nos obligan a cambiar nuestras formas de actuar, nuestras creencias y nuestras circunstancias. Sin embargo, son grandes oportunidades para subir un escalón en nuestra evolución. Albert Einstein dijo alguna vez…

"Un problema nunca se soluciona en el mismo nivel de pensamiento en el cual se originó.”

Por lo cual una dificultad nos obliga a avanzar un paso más allá si es que queremos dejar caer o tropezar una y otra vez en el mismo lugar.

¿Qué tipos de Crisis Vitales existen?

Crisis vitales las hay muchas y de todos los tipos, las más comunes están asociadas con el cambio de una etapa, el pasaje de la niñez a la adolescencia, de la juventud a la adultez y las crisis de madurez. Estas últimas son muy frecuentes en la actualidad y se presentan acompañadas de la pregunta ¿Y ahora qué? ¿Cómo sigue la vida después de cumplir lo esperado? Incertidumbre, confusión, y un sabor melancólico acompañan esta transición, hasta que se logra encontrar un nuevo orden, un nuevo sentido para seguir, ahora más auto-determinado si quien la padece se atreve a responder esas preguntas que aguardan una mente madura.

Otra crisis vital relacionada con la edad es la crisis del final de la vida. Cuando sentimos que nos da mal el balance entre lo deseado y lo obtenido, entre lo que proyectamos y lo que pudimos concretar. El reproche, la bronca y la recriminación, son los sentires propios de este pasaje, que si se transita con dignidad, la sana resignación da lugar a re-signar lo que pudo ser y lo que no, aceptar y hacer las paces con nuestro ideal para sentirnos en paz.

Otros tipos de crisis que no dependen de la cronología de la vida sino que responden a una lógica distinta, son las que pueden acontecer en cualquier momento y por lo general funcionan como una especie de masa crítica, la gota que colma el vaso y de repente nos enteramos de que no podemos seguir más como hasta ahora. Algo dentro nuestro nos reclama y clama “no doy más”. Cuando seguimos dando de lo que ya no tenemos, no secamos por dentro y corremos el riesgo de poner piloto automático para no sentir y seguir cómodamente infeliz, sintiéndonos secretamente cobardes por no animarnos a hacernos cargo de lo que nos está pasando, o por no sentir las fuerzas para llevar a cabo lo que sabemos que es lo mejor para sí. Dentro de este tipo de crisis vitales podemos incluir las crisis por separación, de identidad, un llamado vocacional, un cambio necesario de comportamiento radical, un replanteo general de nuestro modo de vivir y las complejas preguntas acerca del sentido de la vida y de la propia existencia.

A las crisis vitales se las llama también crisis de “transición”. Esta palabra revela que el transitar por ella requiere de nuestra parte, de una actitud lúcida y despierta. Sentarnos a la espera de que cómo vino, se vaya… es una solución mágica.

Por lo tanto…

¿Requieren espera? Sí

¿Paciencia? También

¿Tolerancia? Mucha

¿Amorosidad? ¡Más que nunca!

Podríamos enumerar cuatro maneras inteligentes de surfear las oleadas críticas de la vida. Seguir estas sugerencias no solo nos ayudará a ponernos en píe sino también a pisar más fuerte y volvernos resilientes.

Ante una crisis vital, debemos:

  1. Mirarla de frente

Asumir lo que nos pasa con plena honestidad, sin dramatizar pero tampoco disfrazando y subestimando para seguir tirando…Las crisis vitales comienzan con pequeñas señales, imperceptibles para quien anda a las corridas. Es por eso tan importante no ir a tanta velocidad y preguntarnos más seguido ¿cómo nos sentimos con nuestra vida? Tal como un síntoma corporal puede transformarse en una enfermedad si no la atendemos, con el dolor emocional y los dolores del alma pasa lo mismo. Una tristeza puede convertirse en una depresión y una insatisfacción en un vacío existencial más hondo.

Animarse a mirarse, toca puntos de nuestra vulnerabilidad más primitiva. Puede que heridas de la infancia (de abandono, de rechazo, de humillación, de traición, de injusticia) se reactiven y con ellas el miedo a sufrir otra vez. Saber que contamos con recursos que antes no, nos ayuda a contextualizar y actualizarnos para no caer en la postura de víctima que nos paraliza. No es momento de ponerse en blanco es tiempo de buscar alternativas, de generar nuevas ideas, tomar decisiones y hacer cambios.

  1. Acompañarla a pasar

Como todos los procesos, una crisis tiene un inicio, un desarrollo con un momento cúspide (la parte más difícil) y un desenlace que dependerá, en gran parte, de cómo acompañemos los movimientos de esta marea emocional alta. Entrenar nuestro pensamiento para que nos recuerde lo pasajero de estos momentos es un mantra que debemos aprender a recitarnos: “esto también pasará…”. Ahora bien, ¿y mientras tanto qué? Cambiar, modificar, ensayar otras formas de actuar, crecer, animarse, darse libertad, dejar de repetir lo que nos hace mal, cuestionar nuestras creencias, moverse de donde uno está.

En este “mientras tanto” está la clave de que la temporalidad de una crisis sea en nuestro beneficio o una desventaja. Su carácter pasajera es un arma de doble filo. Por un lado nos ayuda a sentir menos dolor y eso nos alivia muchísimo. Por otro lado, la oportunidad de verdadero cambio acontece mientras el dolor nos lo recuerde. Cuando ya no duele tanto o nos acostumbramos a renguear con el malestar a cuestas, nos quedamos en el mismo lugar, con el adicional de haber sufrido en vano y habiendo dejado pasar una oportunidad de transformarnos. De cada uno depende, el desenlace que le da al caos que generó la fragmentación: o se arma en una figura mejor, o en una peor con enmiendas desprolijas.

  1. Dejar atrás lo que ya probamos y no resultó

Esto supone no repetir soluciones del pasado que ya sabemos que no funcionaron. No se trata de seguir intentando sino de dejar de intentar lo mismo. No es hacer más y redoblar la apuesta sino hacer distinto y soltar. Aferrarse a buscar en la galera del pasado solo sacará conejos, nada nuevo. Esto lo hacemos para lidiar con la incertidumbre de lo nuevo, pero internamente sabemos que el cambio es la única opción a lo de siempre que nos daña. En estos momentos no hay que mirar lejos, sino pensar un paso a la vez. De esa forma evitaremos el vértigo que nos da pensar en dar saltos para los cuales no nos sentimos aún preparados. Despacio, a nuestro ritmo, sin forzar pero hacia delante.

  1. Pedir ayuda

Darnos la oportunidad de ser acompañados a abordar lo que se nos ha desbordado, no solo es un acto de supervivencia sino también de inteligencia. A veces por terquedad sufrimos de más.

Pedir ayuda antes de colapsar, cuando nos damos cuenta del malestar u olfateamos que no estamos igual, es muy beneficioso para sacar provecho de un momento difícil y evolucionar no solo nuestra parte emocional sino también nuestra parte sutil, espiritual. Escuchar la esencia que yace tras los vicios y tironeos de nuestra limitada personalidad es una virtud que traerá sus jugosos frutos. Dar un paso más allá, es hacer que lo anecdótico de una crisis, sea un acto revolucionario de nuestra interioridad más honda.

Así las crisis vitales no pueden ser definidas como buenas o malas sino funcionales o disfuncionales. En el contexto de toda una vida, son apenas capítulos dentro de nuestro gran libreto. No tienen por qué ser dramáticas ni muy duras, tampoco pasadas por alto e ignoradas como si nada pasará… Requieren destreza, tiempo y acción lúcida para re-encontrarnos con nosotros mismos pero siendo distintos…¡más enteros, evolucionados y auténticos!

La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer

 

Cada uno tiene la responsabilidad de parirse a sí mismo más de una vez en la vida. El proceso es doloroso pero cuando lo gestado es valioso, se concluye con el tiempo que no es bueno sufrir pero es muy bueno haber sufrido. Uno se vuelve sabio con el paso de los años después de que cada crisis aconteció como una oportunidad beneficiosa y provechosa.

Si estás atravesando una crisis no te sientas una persona desafortunada, haz de ella tu mejor fortuna. Ya conoces la actitud, qué debes evitar y qué decisiones son mejores tomar para transitar esta etapa. ¡Adelante!

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