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Postergar la Vida no sé para cuándo...

Por Corina Valdano

· Psicología,transpersonal,Conciencia,Postergar,Ego

A veces confundimos sentirnos vivos con ponernos en peligro. Buscamos la adrenalina en cosas que nos dañan. Una vida tranquila nos parece desabrida y una relación sin conflictos la sentimos desapasionada, dudamos si será o no verdadero amor...

Pareciera que nos sienta mal la tranquilidad, el silencio y la calma. Estamos acostumbrados a ir a mil por la vida. Más movimiento y más acción, más productivos y encendidos nos sentimos. Sin embargo, algo dentro nuestro va acumulando insatisfacción. Nos sentimos más vacíos cuándo más llenos estamos y cuando la marea baja deja resabios del sinsentido de movernos frenéticamente en el mismo lugar. Nos desplazamos horizontalmente de aquí para allá, cuando en verdad necesitamos evolucionar verticalmente para percibir lo mismo de manera diferente.

¿Por qué será que apretamos tanto el acelerador?

Buscamos intensidad cuando anhelamos serenidad. Buscamos más acción cuando nuestra esencia clama por dentro sintonizar con la paz interior ¿No será que es tiempo de aminorar la marcha y empezar a apreciar la existencia con los ojos de nuestra verdadera esencia? No necesitamos más, necesitamos hacer contacto con lo que hay, habitar el cuerpo y sentir nuestra presencia. Abandonar el deseo neurótico de abarcar más y abrazar con profundidad lo que está delante nuestro y no vemos.

Nuestro ego nos cuenta el cuento de que en otro bosque el césped está más verde y le creemos. Nuestras voces internas intentan convencernos de que lo que hacemos no es suficiente, y doblamos la apuesta. Escudriñamos el pasado, miramos a los costados, anhelamos lo que vendrá y nos hacemos trampas al no estar presentes en cuerpo y alma en el momento presente.

Seguimos la vida frenética sin darnos cuenta de que no nos estamos dando cuenta. Sin embargo…

Hay una parte nuestra interna, mucho más profunda, perenne y auténtica que se da cuenta de que estamos errando el paso, de que estamos viviendo acelerados, de que nos estamos postergando, de que equivocamos prioridades y descuidamos lo importante porque siempre más adelante… la vida será mejor, habrá más tiempo para disfrutar, estaremos más dispuestos, económicamente más sólidos, afectivamente más seguros, emocionalmente más equilibrados y energéticamente más alineados.

Hay una parte nuestra interna, mucho más profunda, perenne y auténtica que nos susurra al oído y nos advierte que estamos fallando el tiro…pero nuestro soberbio ego se niega a escuchar y en su lugar se aturde con ruidos, placeres, actividades y vicios, que prometen el paraíso y nos devuelven al sinsentido.

La mayoría de las personas que admiramos, que se han sentido felices con su vida, no han sido las más favorecidas. Han sido ejemplares humanos que se detuvieron a escuchar esta voz esencial y se dejaron aconsejar por su interioridad más profunda, esa que no engaña… aunque a veces resulta incómoda.

La mayoría de las frases a las que le damos “me gusta” absolutamente convencidos, nos parecen tan obvias y claras, sin embargo quedan olvidadas en nuestra vida cotidiana… ¡Estamos tan de acuerdo! Pero hacemos poco y nada para encarnarlas y ejercitarlas. Vaya paradoja, leemos sabias palabras y actuamos con ignorancia.

Todo ser humano que se acerca al final de sus días, afirma sin dudar que si tuviese la oportunidad de volver el tiempo atrás… abrasaría más y confrontaría menos, viajaría en la juventud y no cuando el cuerpo no da más, trabajaría menos y se sentaría más en el piso a jugar con sus hijos, viviría más el día a día en lugar de buscar garantías, se animaría más y evitaría menos, agradecería el doble y se quejaría la mitad.

Así, los viejos se arrepienten y los jóvenes sienten que la vida les durará para siempre. Como si estaríamos excluidos de esta realidad, en un intento de burlar la muerte, escuchamos estas sabias palabras con distancia… parados en la soberbia de tener todavía cuerda, decimos: “Pobre tipo, de haberse dado cuenta…”. Este ser que reflexiona acerca de lo que puedo ser, solo se nos adelantó y llegó a la misma conclusión a la que llegaremos todos nosotros, si es que seguimos aturdidos corriendo tras promesas que nunca llegan, atrapados en la ilusión de un tiempo que nunca nos hacemos para lo que queremos, en una actividad frenética que nunca cesa y nos

estresa…

No nos engañemos de que es la vida la que aprieta, somos nosotros los que nos exigimos mucha veces más de la cuenta…

Saquemos los pies del acelerador. Practiquemos el hábito de serenar la mente haciendo esas benditas pausas que nos recuerden lo trascedente. Detrás de las torpezas del ego, yace una sabiduría dentro nuestro que tiene todas aquellas respuestas que buscamos fuera. Hay infinitamente más inteligencia en el Ser que en la mente. La presencia es la conciencia que la mente nos secuestra y debemos recuperar. Cuando la plena conciencia nos devuelve la presencia la vida se siente y ya no se piensa. Cuando la vida queda atrapada en los pensamientos de siempre, sentimos depresión por lo que fue o ansiedad por lo que vendrá. Cuando la vida es sentida, percibida y agradecida nos colma de felicidad aunque haya cosas que solucionar.

A vivir nadie nos enseña, lo vamos aprendiendo solos, a veces desde la conciencia, a veces a duras penas por actos de inconciencia. No hay libros ni recetas, hay vivencias y experiencias en las que nos vamos dando cuenta de que no nos damos cuenta por dónde pasa la Vida.

Si aprendemos de la experiencia, si escuchamos la voz de nuestra esencia, si pausamos y serenamos el ritmo para apreciar lo que no vemos cuando vamos a toda velocidad…nos llegará la vejez y la muerte tocará algún día nuestra puerta sin embargo, nos encontrará agradecidos por lo vivido y no arrepentidos por lo que quedó sin vivir. Aquí no hay miedo, no hay ansiedad. Hay comprensión de la muerte como una etapa más. Ya está, estamos en paz. La vida que nos fue dada ha sido venerada y consumida, no postergada ni prometida para un tiempo que no podemos detener y menos aún controlar.

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