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Cuando lo pendiente pesa demasiado

Por Corina Valdano

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Una idea que no concretamos, un proyecto que no concluimos, una materia que no rendimos, clases a las que no asistimos, objetivos que no cumplimos, sueños que no me animamos a perseguir…

La lista podría seguir interminablemente, al mismo tiempo que un hondo sentimiento de frustración y auto-traición se esmera en recordarnos que lo que subestimamos es importante.

“Procrastinar” es el hábito de postergar aquello que debería ser atendido, sustituyendo lo pendiente por otras actividades o situaciones que resultan irrelevantes o agradables. Nos convencemos diciéndonos: “Ya retomaré”, “No es momento”, “Luego me ocuparé”, “El lunes empezaré”.

Los días pasan, las flechas se aplazan, las promesas se renuevan y la acción nunca llega.

 

¿Qué se oculta detrás de esta tendencia a postergar lo que deseo realizar?

Una apresurada conclusión supondría culpar a la pereza y al desgano como obstáculos para culminar lo que fue empezado o continuar lo quedo interrumpido. Si bien en algunas personas esta tendencia a la pasividad se apodera del entusiasmo inicial, no es lo determinante. Sin duda, esta actitud no colabora, pero no es “suficiente” para anclarnos a mitad de camino.

Hay cuestiones más hondas que deben ser revisadas para poder avanzar en la vida sin tantas excusas y demoras. Esto explicaría por qué personas sumamente prácticas y resolutivas en ciertos aspectos de su vida se tardan tanto en culminar, cerrar y retomar lo que quedo a la mitad.

 

Así detrás de la procrastinación podemos encontrar…

  • Miedo al cambio: puede que el objetivo sea ventajoso, pero no por eso deja de ser incierto. El apego a lo conocido y la desconfianza en los propios recursos es un factor que nos impulsa a quedarnos donde estamos deseando ir a donde no nos animamos. Un reconocimiento sincero y un trabajo interno respecto a nuestras inseguridades, nos evitará convencernos de que no queremos lo que en verdad nos da miedo.
  • Fidelidad familiar: algo que puede operar desde el inconsciente deteniendo nuestro despliegue es la imposibilidad de ir más allá de lo que nuestros padres pudieron conseguir. Prevalece aquí una parte infantil que se resiste a superar a los progenitores, queriendo conservar la idealización de épocas arcaicas. Ir más allá de nuestros cuidadores no hace sentir “desprotegidos”.
  • Viejas etiquetas: palabras que nos dijeron, cosas que concluimos acerca de nosotros mismos (“No soy capaz”. “Nunca termino lo que empiezo”). Nos identificamos con una manera de ser y no nos atrevemos a ir más allá de lo que pudimos alcanzar hasta ahora. Precisamente identificarse es: “fijar-identidad”. Nos quedamos fijamos a un auto-concepto y desde allí decimos “esto no es para mí”.
  • Temor al éxito: que nos vaya bien, conseguir metas es satisfactorio, pero a la vez nos deja expuestos a la crítica de los demás. “Quien se diferencia se hace visible”. A muchas personas les desagrada la exposición y llamar la atención. Prefieren lo silencioso y el bajo perfil. El precio de anestesiar nuestros talentos por temor a la desaprobación resulta enajenante y frustrante al cabo del tiempo.
  • Evitación del error: el miedo a equivocarnos puede resultar paralizante. Sin embargo, más vale lo bueno hecho que lo perfecto nunca realizado. Hay muchas más personas arrepentidas de lo que dejaron de hacer que de lo que hicieron y no salió tan bien.

¿Qué es qué?

No todo lo que quedo pendiente nos pesa. Es preciso diferenciar “la evitación” de una verdadera decisión.

Podemos iniciar algún proyecto y desandar ese camino al cabo de un tiempo, ya sea porque nos damos cuenta de algo que antes no advertimos, porque cambiamos de opinión u optamos por otras alternativas. Esto forma parte de una actitud flexible ante los acontecimientos e indica que nos preguntamos acerca de cómo vamos.

Lo que tiene el sabor de “evitación” y postergación son aquellas cuestiones que al recordarlas movilizan emociones de angustia y melancolía.

Es como si nuestra parte esencial “que nos sabe” demasiado nos susurrara al oído: “vos y yo sabemos que aquello aguarda por ti…”, “vos y yo sabemos que hay cuentas íntimas por saldar…”, “vos y yo sabemos que necesitas valor…”.

Vamos como volando bajito, sabiendo que hay alas por desplegar…y nos quedamos “ahí”, detenidos, acobardados, cómodos pero tristes.

“Darnos cuenta” y mirar de frente todo lo que nos pasa, y sobre todo “lo que no nos pasa” y quisiéramos que nos suceda es hacer el pacto, ya no de prometernos, sino de tomarnos en serio asumiendo el compromiso de que, a la intención, le seguirá sin duda la acción sostenida.

El tren no pasa una sola vez en la vida, como se suele decir...pasa cada vez que tengas valija en mano y la firme decisión de embarcarte y no parar hasta llegar al destino que quieres llegar.

“Nunca, jamás…dejes de esperar de vos”.

Psicóloga Corina Valdano.

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