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Hábitos de felicidad. La dicha construída

Por Corina Valdano

· Felicidad,autorrealización,bienestar

El eterno anhelo… La felicidad. Como sedientos buscadores vamos tras sus pasos, y cada vez que nos acercamos parece alejarse o escabullirse como efímera ilusión. Ahora bien ¿estamos en la frecuencia indicada para sintonizar esa música? De eso se trata este artículo.

 

¿Cuándo hablamos de felicidad de qué hablamos?

Tendemos a confundir estar contentos con estar “a gusto” con nuestra vida, sentir placer con sentir satisfacción. Así, buscamos fuera cuando en verdad se trata de bucear dentro nuestro.

Las Neurociencias y la Psicología Transpersonal nos ayudan a esclarecer estás cuestiones. De entrada, es preciso saber que “no hay atajos” en este recorrido. Pues bien…tenemos el mapa, tenemos los recursos, de cada viajero dependerá no perder el rumbo.

 

Ser feliz ¿Se nace o se hace?

Si bien es cierto que parte de nuestra felicidad dependerá de nuestros genes y de lo que aprendimos de nuestras figuras más próximas en la infancia. Esto solo constituye no más del 25% de felicidad que podemos llegar a experimentar a lo largo de nuestra vida.

¿Cuál es la buena noticia? Que es posible entrenarnos en ser felices. Lo que no gustará quizás demasiado, es que requiere de “hábito” como cualquier músculo a desarrollar. El desafío será surfear las olas de una sociedad hedonista que nos empuja hacia aguas turbulentas que nos terminan de ahogar. Sacar cabeza y empezar a bracear es poder ver un poco más allá de las promesas de inmediatez y la seducción del encanto de los objetos que se ofrecen por doquier.

La Psicología tradicional ha centrado su interés en aliviarnos el dolor, pero no destino sus esfuerzos a enseñarnos la manera de aumentar nuestros índices de satisfacción. Existen otras psicologías que, en cambio, se han ocupado no solo e corregir y sanar sino de difundir salud y estrategias para llegar a obtener los más altos índices de bienestar.

Debemos partir de la siguiente premisa: el ser humano posee tanto a nivel físico como mental todo dentro de sí para su bienestar y funcionamiento adecuado. Esto quiere decir, que todos los recursos están dentro de uno mismo, que nadie tiene las respuestas a los propios interrogantes, que nadie puede enfermarnos ni sanarnos más que nosotros mismos, que nada ni nadie puede hacernos felices… La felicidad es definitivamente una conquista personal. Lo externo a uno mismo (personas, objetos, circunstancias) colaboran, alivianan, dificultan, favorecen, pero no determinan nuestro sentimiento de felicidad. Es como la cáscara de la pulpa que está en el centro y está llamada a desplegarse. Tarea intransferible e indelegable para quien anhela una vida significativa…La felicidad que obtengamos mientras estemos de paso por aquí, dependerá del uso que hagamos de nuestras potencialidades únicas, luego de reconocerlas. Esto es: desplegar nuestros dones. A eso vinimos, para eso estamos.

 

La fórmula de la felicidad: ¿Salud, dinero y amor? Derribando mitos.

Estudios recientes afirman que las personas con dificultades de salud o impedimentos físicos (sin dolor), no tienen índices más bajos de felicidad que las personas totalmente sanas.

En cuanto al dinero, las investigaciones confirman que las personas ricas no son más felices que las personas menos adineradas. Esto significa que cuando las necesidades básicas están cubiertas (alimento, vivienda, acceso a la educación y la asistencia médica), tener más o menos dinero no va de la mano con sentirse más “afortunado” en la vida.

¿Y el amor? ¿Los vínculos? Esto último se acerca más a un buen ingrediente que le da sabor a la vida. Pero a no desanimarse quienes están sin pareja porque el concepto “amor” no se reduce a ese vínculo exclusivo. Las relaciones vinculares que realmente marcan una diferencia en aumentar la satisfacción personal, tampoco están asociadas a rodearnos de gente, tener más amigos, ser más sociables o convivir con alguien. No tiene que ver con la “extensión” vincular sino con la “profundidad e intimidad” de los vínculos con otros. Tener un amigo íntimo y sentirlo próximo nos sacia más que miles de amigos virtuales o un grupo grande de conocidos que se reúnen con frecuencia, pero apenas se “saben” unos con otros. Lo mismo debemos considerar respecto de la pareja, la familia y/o quienes elegimos como personas para nuestra red de afectos. Se trata de estar “involucrados afectivamente” en los vínculos con otros y no de tener una gran lista de conocidos a quien llamar y frecuentar.

 

Camino a la cima. La felicidad posible.

Podríamos hablar de un camino y tres fases o bien, de una cima con tres escalones. Solo a los que recorren de completo el trayecto les espera esa parte de la felicidad “que sí depende de cada uno”, que sí “está al alcance” para quienes quieran irse de esta vida más holgados y satisfechos, que llenos pero estrechos.

 

En el escalón encontramos la vida “hedonista”. Aquella que mejor se adapta y funciona a las propuestas vigentes: comprar objetos, comer rico y abundante, momentos de vacío ocioso, orgasmos a la carta, gozar hasta el cansancio. Esta forma de vivir nos convence de que nunca es suficiente, que necesitamos más para lograr las mismas sensaciones (como cualquier otra adicción). La “felicidad” dura el tiempo que permanece la circunstancia deseada, el evento esperado, la gustosa comida, el viaje soñado, la presencia de ese otro que me importa. Quitado, acabado o en ausencia del “objeto” de satisfacción volvemos al estado anterior, tal como un globo que se desinfla…Los vaivenes emocionales son acentuados en esta instancia, nos sentimos en la cumbre o en el fondo, muy contentos o muy desanimados. Es una felicidad descartable, acotada, intensa pero fugaz. Ligada a las circunstancias externas y no a una disposición interna.

 

Si damos un paso más y ascendemos al escalón, marcamos una gran diferencia al acceder a lo que podríamos llamar una vida “involucrada”. Siguiendo con la metáfora del inicio, podríamos decir que en el escalón anterior estábamos en la cáscara de la fruta que somos, aquí empezamos a penetrar en la pulpa y sentirle el “gusto” a la vida. Una vida involucrada es la de aquella persona que se “implica” de lleno en aquello que hace, “cava hondo” en lugar de mover la tierra…Con las personas con las que elije relacionarse, con el trabajo que realiza, con los objetivos que asume, con las decisiones que toma: se compromete. Es preciso aclarar que la actitud comprometida no refiere a “ser responsable”, es mucho más que eso: pues incluye no solo el cumplimiento del deber, sino el contacto con emocional con lo que se asume.

Si tocamos de oído, la melodía no surge… ¿Qué quiero decir con esto? Que . El estar “apasionados” en la vida en gran parte es consecuencia de encender y mantener la llama con una . Hagamos una comparación para comprender la idea: nos apasionamos con un libro o con una serie cuando tenemos una continuidad en su historia no si cada tanto avanzamos una página o capítulo ¿verdad? Y siguiendo…elegimos el libro o la serie luego reconocer aquello que nos agradará más de acuerdo a nuestros intereses. Lo mismo sucede con la actitud “involucrada” en la vida. Cuanto más tiempo y energía dedicamos a desarrollar una actitud, un don, una capacidad más nos comprometemos y más a gusto nos sentimos con la vida que llevamos. Quienes identifican sus fortalezas, sus dones y capacidades y las ejercitan la mayor cantidad del tiempo posible, se sienten colmados desde dentro. El término que se utiliza para nombrar esta disposición es es el estado mental activo en el cual una persona está completamente absorbida en la actividad que ejecuta. Se logra enfocar la energía y se experimenta un sentimiento de total implicación y de éxito en la realización de la actividad que está teniendo lugar. Esta sensación se experimenta mientras la actividad está en curso. ¿No te ha pasado, al menos alguna vez en la vida, que pierdes registro del tiempo haciendo algo en lo que te consideras bueno? ¡Se trata de eso! En lo personal, mi vocación de contener y acompañar a otros y de escribir me permiten acceder a ese estado en donde el tiempo se detiene y no se necesita nada más que lo imprescindible para sentirse volar. Puedes pasar horas involucrado sin sentir cansancio, por el contrario, circula una intensa energía que se retroalimenta a sí misma con la satisfacción obtenida. Es como si nuestra Esencia interior y el Cosmos que nos trasciende se alinearían para que eso de dentro se exprese, “sea parido” (creatividad, destreza física, música, enseñanza, inteligencia social, oratoria, programación, escritura, cocina, servicio, ¡tantas habilidades como personas existen!).

El estado de felicidad será consecuencia de la forma comprometida con la que elegimos vivir. No se trata tanto de mirar el horizonte como de pisar fuerte en cada paso que damos, de estar en el momento en el que estamos. De dar lo mejor que uno puede dar (y un poquito más…) en el presente y en las circunstancias que se tienen.

Esta disposición en la vida no es sólo para aquellos que han tenido la fortuna de dedicarse a lo que aman o trabajan de lo que les gusta. Es fundamental comprender que: . A veces el trabajo que uno hace permite ejercitar esos dones y habilidades de forma directa, otras veces no, pero es posible buscar alguna manera indirecta de ejercerlos. Así, en un trabajo que no me agrada demasiado puedo encontrar el modo de utilizar ese recurso: si reconozco que soy buena para organizar, puedo ofrecerme para ello en todos los casos que sea posible o generar las ocasiones. Si soy buena para dialogar y aconsejar, puedo proponerme establecer no menos de dos conversaciones significativas en mi jornada laboral. Si me gusta enseñar, puedo disponerme para ello con lo mejor de mí y generar la ocasión… Ser creativos para lograr encontrar las maneras de transformar lo que hacemos en una oportunidad de desplegarnos, nos sitúa mucho más cerca del estado de bienestar que pretendemos que de lamentarnos y quejarnos de las circunstancias en las que estamos. Quizás, no en todos lados puedas “sacar tu guitarra” si te gusta la música, pero si puedes aprender a gestionar tu tiempo para dedicarle energía a esa pasión que te inspira. “Cultivar” las aficiones que más nos satisfacen personalmente en lugar de “pasar el tiempo” con actividades que, aunque a primeras resultan placenteras no nos aportan demasiado ni nos ayudan a superarnos, es un vestigio fundamental para acceder a estados más profundos de felicidad. “Invertir el tiempo” en aquello que nos desafía a superarnos, en lugar de pasarlo en distracciones y entretenimientos, aumenta los índices de felicidad.

 

Por último, el escalón. El estado de felicidad más profundo y sostenido se alcanza cuando se logra “enlazar” aquellos dones, habilidades, talentos con el servicio a los demás. Cuando la actitud comprometida que asumimos en la vida trasciende y “toca” la vida de otros, experimentamos la vida con sentido. Podemos pensar en una maestra que educa con pasión a sus alumnos, una enfermera que con esmerada dedicación cuida de otros, un bombero que salva vidas, un ingeniero que ayuda a cuidar el medioambiente, un empresario que colabora con una causa altruista, un administrativo que empatiza y facilita la vida de alguien, un músico que canta canciones para llevar un mensaje, y cualquier persona que decida comprometerse y colaborar con algo que esté más allá de los límites de su personalidad o su reducido ego individual, desde involucrarse en una institución, ONG, actividades solidarias, hasta el cuidado ambiental. Aparece aquí la “trascendencia” y con ello la mayor satisfacción. El sentir que pertenecemos y aportamos a algo que está más allá de los límites de nuestro cuerpo.

Hemos visto tres formas de vida: la hedonista, la involucrada y la trascendente. Estos estilos no se oponen ni se excluyen mutuamente, sino que se integran y combinan en un todo que resulta ser mucho más que la suma de sus partes.

 

¿Qué podemos hacer para ser más felices?

Es necesario descomponer la noción de “felicidad” en esos tres componentes e intervenir de manera activa en cada uno de ellos.

1)- Hedonismo: dedicar parte de tiempo a actividades que nos den placer (emociones positivas, actividades de disfrute).

2)- Compromiso: desarrollar nuestras habilidades y talentos de manera implicada y constante. Cuando se está comprometido, el tiempo se detiene, fluimos y crecemos.

3)- Trascendencia: buscar la manera más propia de sentirnos “parte de” algo que nos incluya y con lo cual podamos colaborar. Buscar un “sentido” a la actitud comprometida.

 

Si a una vida placentera, le sumamos una actitud comprometida que nos lleve a trascender los límites de nuestro ego, la felicidad se vuelve accesible para todos. Si solo nos quedamos en el primer peldaño, solo tendremos momentos de placer efímeros que resultan vacíos y enajenantes. Sentirnos a gusto con nuestra vida es seguir subiendo los escalones que nos llevan a la cima: la felicidad autoconstruida.

 

Los “Atajos hacia la Felicidad”

La cultura en la que vivimos nos ofrece infinidad de estímulos y nos cautiva con propuestas que “garantizan” estados de “felicidad” al instante. Caer en las redes de este embelesamiento no solo nos frustra, sino que nos enajena del estado de satisfacción que anhelamos. No hay atajos para la vida comprometida y todo aquello que “nos hace más felices” requiere de voluntad y tiempo. La felicidad es un proceso, no algo tangible que obtener, fraccionar, aspirar o comprar en cómodas cuotas. Que sea de esta manera, no es antojo del destino ni severidad divina…tiene su fundamento en nuestra naturaleza biológica y responde a las leyes de la preservación de la especie. Es decir, todo aquello que nos hace auténticamente felices (gestionar habilidades, establecer vínculos, tener hijos, desarrollarnos laboralmente, la actitud de servicio, colaborar con causas mayores), responde a un mismo fin: preservar la especie humana. Si la felicidad respondería al individualismo y al espíritu competitivo, ¡duraríamos una semana! Volvernos seres felices en coherencia con la naturaleza es lo que nos mantiene vivos hasta nuestros días. Quienes buscan la felicidad de este modo, colaboran con este principio trascendente. Ser “conscientes” de esta idea es otorgarle un sentido a la vida, que está más allá de mi propia vida.

 

Acciones concretas que nos acercan a la felicidad autoconstruida:

  • Hacer una lista de las cosas por las que te sientes “agradecida/o”. La emoción de la “gratitud” está estrechamente relacionada con los estados de felicidad.
  • Tomar decisiones y ponerte objetivos. Asumirlos con “compromiso” e involucramiento emocional.
  • Solidarizarte con alguien (así sea mediante un pequeño gesto como “mostrar interés”, “tener en cuenta”) y/o contribuir a algo mayor.
  • Hacer actividades que liberen “endorfinas” en nuestro cuerpo (nuestras hormonas de felicidad naturales). Estas sustancias liberadas al torrente sanguíneo promueven la calma, crean bienestar, mejoran el humor, reducen dolor. Seguramente te ha pasado salir a hacer gimnasia sin tantas ganas y volver con muchas energías... ¡Son tus endorfinas que te activan! Actividades en las que se segregan estas hormonas: escuchar música, hacer ejercicio diario (30 min. mínimo), tener relaciones sexuales satisfactorias, comer chocolates, contemplar lindos paisajes, estar al aire libre, conectar con la naturaleza.
  • Reconocer nuestros estados emocionales: “ponerle un nombre” a nuestras emociones para no confundirnos con ellas.
  • Dedicar parte de tiempo a una actividad creativa (hemisferio derecho). Pintar, escuchar música, actividad manual, bailar.
  • Llevar una alimentación saludable. No tóxica. Alimentos naturales.
  • Contacto físico y manifestaciones de afecto concretas (abrazos, besos, caricias).

¡Tenes tarea para hacer! y recuerda lo que dijo Einstein:

“Si buscas resultados distintos no sigas haciendo más de lo mismo...”

Psicóloga Corina Valdano.

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